Inicié el nuevo proyecto con energía adolescente, para terminar muy triste por resultados ausentes. No es que haya menos talento, ni que la labor sea vana, es que, en aquel momento, ya no se me dio la gana. Perdí el interés de a poco, la meta dejé en rezago, me estaba volviendo loco, y el horizonte… lejano. Cuando quise descansar, de aquella parcial faena, también pude constatar, que había avanzado con penas. “Pero es un avance al fin”, me dije muy sorprendido, lo que no alcancé a cubrir, será mi nuevo motivo. Sigo contento y jovial, jornadas buenas y malas, medir mi avance es genial, desde que cambié la escala.
Cuando persigues una meta, puede que al inicio no tengas claro lo que tienes, lo que necesitas y/o lo que quieres, sin embargo, lo importante es iniciar con lo que sientes. Ese primer paso que rompe la inercia es una motivación enorme. Mientras avanzamos hacia nuestra meta podemos entender algunos aspectos importantes como: que en ese momento la meta no era la más prioritaria; que el alcance está un poco exagerado o que los recursos no serán suficientes para el tiempo límite, eso requiere de un ajuste, pero con la ventaja de ya estar en marcha para poner en práctica el conocimiento de causa.
Ahora bien, cuando la meta es exigida por un externo, corremos el riesgo de que, desde el inicio, no sea de nuestro completo agrado. Es entonces cuando la motivación debe tener un esquema completamente distinto ya que el hecho de que la meta no nos agrade de inicio no significa que sea menos importante.
Supongamos que la meta es relevante, que dará un alto beneficio a los involucrados, pero necesita una inversión en tiempo de 12 semanas. Entonces requiere que identifiquemos aquellos pequeños logros que van construyendo la meta. Cada vez que ocurre un logro nos llenamos de energía para motivar nuestro proceso. Tal vez requiera de ayudas visuales que nos permitan estar conscientes de nuestra posición en tiempo real.
Recuerdan la obra de “El principito” cuando el zorro le pedía que lo domesticara “…Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré…”. Se refiere al increíble poder de la anticipación. Nuestro cerebro se llena de dopamina no cuando el hecho ha ocurrido, sino poco antes de que ocurra. La anticipación es un motor increíble que nos mantiene enfocados y con la energía potenciada para culminar las tareas.
Para cumplir con los objetivos, necesitamos tener la relatividad como una aliada. Eso evitará que veamos el final del proyecto tan alejado. Desmembremos el todo en diferentes entregables relacionados entre sí. De esta manera tendremos siempre un propósito cercano para empezar a ser dichosos en lugar de frustrarnos por ver avances tan diminutos.
La planeación requiere de una visión holística que contemple la asignación de los recursos para cada área y las actividades que de ellas deriven. Para la ejecución, aunque es importante conocer las partes del todo, mantengamos el enfoque en lo mínimo necesario inmediato. Disfruta el proceso y alégrate de los logros pequeños, incluso celébralos. En tu empresa anticipa la dicha de tener un nuevo cliente, disfruta el diseño de la experiencia por la cual ha pagado; con tu pareja disfruta los preparativos para sorprenderla en su próxima cita; en tu trabajo crea nuevas formas de medir los avances para tener la anticipación del logro en forma visible. En tu persona date un abrazo virtual cuando bajes esos gramos, cuando logres la distancia, la talla o el hábito. Acerca las líneas parciales. Es decir, si siempre estás viendo los 12 kilos que tienes que bajar, puedes claudicar al ver avances tan pequeños, pero si cambias la escala y te pones metas diarias o semanales estarás logrando colofones cada día y eso mantiene tu entusiasmo.
Todos en algún momento nos hemos sentido desangelados por no terminar lo que nos prometimos terminar. Nos hacemos resentidos con nuestra propia persona, nos culpamos y lo que menos queremos es la compasión de los demás. Siempre es útil tener a alguien que nos aliente, pero en las batallas internas es mejor buscar estrategias para convertirnos en personas disciplinadas que una motivación externa. Hagamos sofisticada la forma en que nos conducimos para lograr nuestros fines. Domestiquemos el logro, no la ambición.
Convirtámonos en personas sofisticadas y atractivas haciendo siempre las actividades con el máximo de entusiasmo, aunque con energías mermadas. Que se note que tenemos el logro domesticado.









