Es lamentable que en México, la violencia no se mide únicamente por el número de homicidios o por los delitos de alto impacto que a diario ocupan las primeras planas informativas; pues existe una realidad menos visible para quienes no la viven directamente, pero profundamente dolorosa para miles de familias que les afecta y se trata de la desaparición de personas.
Y es que, cuando una persona desaparece, el tiempo adquiere un nuevo significado; mientras que para las autoridades puede transcurrir una semana, un mes o un año; para una familia cada minuto es una pregunta sin respuesta, ¿Dónde está? ¿Qué ocurrió? ¿Seguirá con vida? …
Ante este escenario y la nula capacidad del Estado para salvaguardar la seguridad de los ciudadanos, lo toral es que familiares y colectivos de búsqueda han recorrido durante muchos años caminos, terrenos, campos, barrancas, en fin cualquier otro lugar en busca de indicios que les permitan encontrar a sus seres queridos; siendo que, en ocasiones estas búsquedas conducen al hallazgo de restos humanos y con ello abren la puerta a una nueva fase de esperanzas.
Sin embargo, encontrar restos humanos no implica necesariamente haber encontrado una persona, ya que no se cuenta con información genética entre otros elementos aptos para determinar quién era; por lo que es necesario nuevamente realizar las investigaciones suficientes. Pero bueno, mientras eso sucede, la familia de una persona desaparecida continua viviendo con la incertidumbre de no saber si aquellos restos corresponden a su ser querido buscado.
En ese sentido, la tarea de la autoridad competente es de darle una identidad a los restos encontrados, ya que representa una labor titánica, toda vez que se requiere el uso de la ciencia y especialización, ya que los restos deben ser sometidos de acuerdo con las condiciones en que se encuentren, a protocolos de estudios de antropología, odontología, genética, medicina legal, dactiloscopia entre otras disciplinas y resultados que deben confrontarse con la información existente sobre personas desaparecidas.
Con lo anterior, se demuestra que un cuerpo de una persona sin identificar, no debería convertirse en un expediente olvidado, pues detrás de cada resto humano existe una familia que continúa esperando con la expectativa de encontrarlo.
Es por ello que, resulta preocupante cuando la respuesta institucional frente a la desaparición, se limita solamente al paso del tiempo o a la acumulación de expedientes. Pues cuando una familia tiene que insistir una y otra vez para que se busque, se investigue o se identifique; se puede percibir que el Estado se ha vuelto indiferente ante su dolor de las víctimas.
Y es por ello que, identificar restos humanos significa mucho más que completar un registro, pues significa devolverle la identidad a una persona y permitir que una familia deje de preguntarse… ¿En dónde está?









