"El hombre es por naturaleza un animal político... porque el hombre, a diferencia del resto de los animales, es el único que tiene palabra."
Política, Libro I.
Estaba en la Alameda, boleando mis zapatos, cuando levanté la vista y los vi: una nube gris moviéndose sin rumbo sobre el pavimento. Le pregunté al que me lustraba si serían cien. Me dijo que no. Que quizá quinientas.
Cien o quinientas, daba igual. Lo que me detuvo fue otra cosa.
—Le voy a hacer una pregunta rara —le dije—. Si son tantos, ¿por qué no se organizan?
Se rió, sin levantar la vista del cepillo.
—Porque no piensan.
Silencio. El cepillo seguía su vaivén sobre el cuero. Y entonces, sin que yo dijera nada más, levantó la cara.
—Ya entendí. Se refiere a que si somos tantos ciudadanos, ¿por qué no nos organizamos?
Exacto.
Pero él no se quedó ahí. Corrigió su propia respuesta antes de que yo pudiera corregirla.
—No, sí hay pájaros que piensan. Los loros.
Y ahí entendí de dónde pudo haber sacado Heidegger su distinción entre pensar y repetir. Tal vez no fue de un libro. Tal vez fue de un loro.
Seguí con el lustrador.
—¿Cómo llegaría un ave a pensar?
Se quedó pensando.
—Quizá si hubiera un líder que los guiara.
—No —le dije—. Eso no sería pensar. Eso seguiría siendo parvada. Manada, pero con alas.
Le hablé entonces de la conciencia. No el líder, sino el espejo. Si el pichón, después de millones de años de picotear migajas sin mirarse, lograra por fin verse a sí mismo, quizá pensaría: soy un ave. Un pájaro. Qué hago aquí. Cuál es mi misión. Para qué he venido al mundo.
Eso sería pensar filosófico.
Pero también podría haber un pensar político, jurídico, de ave. Y sonaría distinto: estamos aquí. Somos aves. Padecemos de escasez de agua y a veces de alimento. Somos aves: tenemos derechos.
Claro que para llegar ahí necesitarían lenguaje. Uno que no imitara, que articulara. El loro repite. El pichón, silencioso, todavía no tiene con qué nombrarse.
Los ciudadanos sí lo tenemos. Y aun así, la parvada sigue moviéndose sin rumbo sobre el pasto, quinientas o las que sean, esperando —como los pichones— a que alguien más piense por ella.
El lustrador terminó de bolear el segundo zapato. Me los mostró, brillantes. Pagué.
Y me fui pensando que el pichón, en realidad, está imposibilitado: no tiene lenguaje, no tiene espejo, no tiene con qué nombrarse ni siquiera a sí mismo. Su silencio no es una decisión. Es una carencia.
El ciudadano apático no carece de nada de eso. A él nadie lo dejó mudo. Se demolió por dentro, él solo, para soltar las cadenas que trae cargar con una conciencia: la obligación de saber, de exigir, de responder por lo que ve todos los días y decide no ver.
No es el ciudadano el que no tiene excusa.
Es el ciudadano apático el que se fabricó una, y la trae puesta como si fuera una jaula que alguien más le hubiera impuesto.









