Llenar las calles con motivos tricolores, adornar las casas con la bandera nacional y portar orgullosos los adornos en los autos siempre ha sido una muestra muy entretenida del ingenio mexicano. Generalmente las fiestas patrias son un motivo de unión y comunión. Mucha gente hace un ritual muy elaborado para celebrar la noche del 15 de septiembre en la que participa toda la familia. Los que salen a las calles para unirse a la euforia y el bullicio de quienes, con trompetas y matracas, animan a la muchedumbre que se ha dado cita con vestimenta y accesorios adecuados para la ocasión. Otros más lo celebran en algún restaurante, sin importar que sea de comida japonesa, italiana o cien por ciento mexicana, después de todo una pizza hawaiana ya era una contradicción. Habrá familias que se quedarán en casa para recibir a los vecinos y a la familia con música mexicana, antojitos y “cuetes”.
La celebración me gusta. Ver a la gente feliz y con buena actitud siempre es gratificante. Por supuesto existen incomodidades y algunos excesos. Juegos pirotécnicos que molestan a las personas y a las mascotas; volumen excesivo de los equipos de audio; juventudes o “chavorrucos” ruidosos con actitud prepotente; detonaciones al aire de armas de fuego. Desafortunadamente son situaciones que no sorprenden e incluso son esperadas. Algunos de estos excesos son malamente entendidos como una expresión de nuestra libertad.
Pero nuestra libertad es mucho más que tener la posibilidad de decir y hacer lo que nos plazca. Ya lo decía Jean-Paul Sartre “el ser humano está condenado a ser libre" refiriéndose a que no existe fuerza alguna que establezca nuestro actuar, sin embargo, existen condiciones que permiten la sana convivencia y que establecen un orden común, cuando respetamos ese orden mantenemos la armonía de nuestra comunidad.
No se trata de modificar nuestra conducta para que nunca nadie se pueda sentir incómodo. Se trata de que cada uno pueda sentirse tolerablemente incómodo, sin la necesidad de hacer drama. Podemos tolerar a las infancias estridentes cuidando que no se lastimen entre sí. Podemos tolerar a las juventudes con sus múltiples formas de celebrar siempre y cuando las agresiones a personas, bienes e instalaciones no se hagan presentes.
Las celebraciones pueden tener niveles de intensidad y hasta una especie de permiso para el exceso, pero ese excedente de euforia, decibeles o confianza no significa que pongamos en riesgo la integridad de bienes o personas, significa un excedente a los límites que son cómodos sin llegar a lo que puede considerarse un comportamiento violento. Podríamos incomodar un poco sin transgredir el orden que nos mantiene como una comunidad.
Tal vez no sea yo el único a quien al otro día de las fiestas le gustaría recorrer las calles y ver que no hay vasos desechables tapizando las banquetas; que no hay trazas de líquidos indeseables en los rincones de casas y establecimientos; que los desechos de comida no están esparcidos por la comunidad canina; que no hay noticias de tragedias entre personas o en carretera.
La libertad puede ser entendida de formas equivocadas y argumentarse desde una tribuna que maquilla ideales con demagogia para preservar (o inventar) privilegios. Ser libre no es estar en ausencia de ataduras, la verdadera libertad se sujeta a la libertad del prójimo. Una libertad que desprecia la razón nos conduce a hacer lo que queremos sin pensar en si es correcto. La libertad tiene sus límites en la aplicación del principio de frugalidad, en la rendición de cuentas y hasta en la reparación del daño. Las leyes no destruyen la libertad, la preservan frente al caos (Locke/Montesquieu).
¡Viva México! Que viva en armonía. Con la conciencia de crear sin destruir. Que viva orientando a las juventudes y tolerando sus manifestaciones propias de su edad sin ser permisivos en temas violentos o intimidantes. Que los espacios para la celebración sean apropiados para la convivencia y la cooperación, y no sólo lugares para la acumulación de masas con un pensamiento individualista que no considera los intereses de una comunidad.
No se necesita tanto, solamente observar las condiciones, procurar no ser un obstáculo para el flujo de las actividades, ofrecer ayuda cuando sea necesario y/o retirarse si no tengo posibilidad de ayudar y asegurar en todo momento la integridad de quienes me rodean. En un ambiente así, gustoso me quedo atado a mi libertad.









