"No basta con que el pueblo vote; hace falta que sepa a quién y por qué." — José Ortega y Gasset
Don Cuco, si aquí todos votamos, ¿por qué seguimos tan jodidos?.
El viejo no responde de inmediato. Le da vueltas al café, como si buscara ahí la respuesta.
—Porque confundieron dos cosas que no son la misma. Votar y ser votado. Eso, mijo, no es lo mismo, aunque en la boleta parezca que sí.
El otro frunce el ceño. Don Cuco continúa, ahora con más calma que nunca:
—Todos tenemos derecho a comer. Pero no todos tenemos derecho a meternos a la cocina de todos y cocinar lo que se nos dé la gana. Un bebé tiene derecho a que le den de comer, no puede preparar la comida. Un adulto que no sabe ni lavarse las manos tampoco debería cocinarle a la colonia entera, aunque cobre por hacerlo. Eso no es cocina, es abandono, descuido, indolencia y hasta maldad.
Se ríe solo, sin ganas.
—Aquí pasa lo mismo con el poder. Todos tienen derecho a votar. Eso está bien, eso hay que cuidarlo. Pero el derecho a ser votado es otra cosa, y ese nadie lo vigila. En esta esquina, para vender tacos, viene alguien y se supone que te revisa las manos, te revisa la carne, te checa el changarro. Pero para cocinarle a todo el pueblo, no hay nadie parado revisando nada.
—¿Y el INE, Don Cuco? ¿Ese no está para eso?
El viejo suelta una risa corta, sin alegría.
—El INE es el inspector que se quedó dormido o hace como que se duerme; se puso muy trucha para contar los votos, ahí sí, con lupa y todo. Pero se le olvidó que antes de contar hay que revisar qué fue lo que metieron a la boleta. Vigila el derecho a votar como si fuera lo único sagrado, y el derecho a ser votado se lo deja de tarea a los partidos, como quien dice "eso es harina de otro costal". Un árbitro que nomás cuenta goles pero no checa si el jugador entró con permiso, o entró un grupo de delincuentes armados, ese no es árbitro, es un maniquí.
Don Cuco deja la taza en el piso, junto a la silla, y por primera vez en toda la conversación mira fijo a su interlocutor.
—Y entonces el pueblo no elige entre cocineros evaluados. Elige entre lo que los partidos ya decidieron poner en la barra. Nadie le pidió cuentas a nadie antes de ponerlo en la boleta. Nadie revisó si sabe cocinar, si tiene ética, si conoce el oficio. Nomás lo pusieron porque le convenía a quien manda el changarro.
Se queda callado un momento. Después dice lo último, despacio, como quien ya lo pensó muchas veces antes de decirlo en voz alta:
—No es una boleta electoral, mijo. Es un tambor de revólver. Cada partido mete su bala sin que nadie le revise el calibre, y uno, que no se puede negar a jugar, aprieta el gatillo cada tres o seis años. A veces sale vacío. A veces no. Y cuando no sale vacío, no se pierde una apuesta: se pierde la libertad de alguien, el patrimonio de familias, la seguridad de todo un pueblo.









