Era el segundo día de la semana y yo había salido a toda prisa de la casa para llegar a tiempo al trabajo. Llegué temprano, pero sin mi agenda. Hace 25 años muchas cosas dependían de haberlas registrado en un sistema personal no digital. Después de atender un par de situaciones tuve que regresar por mi invaluable planeador personal. Conduje con la misma prisa mientras escuchaba las noticias en la radio. La narrativa no la entendía, sentí que se repetía aquella historia de 1938 cuando Orson Welles narraba un fragmento de “La guerra de los mundos” y las personas salieron despavoridas creyendo que era real. No podía dar crédito. Cuando llegué a casa el televisor estaba encendido con la imagen fija de los edificios humeantes, me quedé un instante tratando de entender la magnitud de esa situación. De pronto, en el instante mismo que salía de casa la imagen en televisión era impactante. La torre sur del WTC se venía abajo con un estruendo amenazador y un silencio sepulcral en el estudio desde donde se transmitía la noticia. Recuerdo haber abrazado a mi familia y decir “Protégenos Señor”.
Han pasado veinticinco años desde aquel fatídico martes y seguimos preguntándonos ¿Qué fue lo que pasó en realidad? Es decir, la descripción de los hechos no explica las intenciones, las acciones tomadas en consecuencia, no se perciben como soluciones. A partir de ese día hay un mundo que se perjudicó enormemente y otro más que salió altamente beneficiado. Podemos obtener datos financieros, geopolíticos, ambientales, ideológicos y hacer un análisis para determinar perfiles, brechas y hasta tendencias, sin embargo, hará falta reflexionar cómo ese hecho ha influido en nuestra calidad como personas que forman comunidad y eso no es tan sencillo de verificar.
Una tragedia así te vuelve desconfiado, afila el extremo de nuestros paradigmas, siembra suspicacia en las interpretaciones. En el afán de sobreproteger lo que hasta hoy hemos obtenido, nos deshumanizamos para instalarnos en el egoísmo. En otras ocasiones somos previsores en extremo. Otras más somos duros críticos de los sistemas e instituciones, pero poco hacemos para participar en la construcción de soluciones, a veces porque no queremos, a veces porque no sabemos cómo.
¿Cuántas veces nos hemos sentido así en nuestra vida personal? Aquello que hemos construido con esmero y sacrificio, lo vemos derrumbado en un instante. La pérdida de un familiar, un desengaño amoroso, un empleo que amábamos, una oportunidad largamente esperada que se desvanece. Modificamos nuestros sensores, ajustamos nuestros límites, recrudecemos las penalizaciones. Al ver los resultados después de un tiempo considerable podemos entender que nos estamos adaptando a ese nuevo régimen que nos hemos autoimpuesto, no es que hayamos avanzado tanto, sino que hemos normalizado una nueva realidad con un renovado sistema de toma de decisiones. Terminamos construyendo una nueva imagen de nuestro mundo seguro e ideal, expresamos frases para demostrar que se ha logrado el objetivo “me gusta mi soledad”, “necesitaba reencontrarme para apreciarme más” o “soy consciente de cuanto estaba perdiendo y seguro estoy que vendrán cosas mejores”.
La inmensa mayoría de las cosas que nos preocupan, nunca ocurren. Nos protegemos de situaciones que jamás se presentan. Pero el discurso se escucha prudente, parece justificado lo que hemos hecho para salvaguardar lo que nos queda. Guardamos dinero para emergencias y dejamos de disfrutar el flujo. Evitamos personas que representan un riesgo para darnos cuenta de que no había tal. Hablamos maravillas de nuestra nueva actividad económica, añorando internamente volver a tener otra oportunidad en nuestro campo de dominio.
Se dice que no debemos intentar regresar al lugar donde fuimos felices. Sin embargo, considero que nunca regresas como la misma persona, ni las condiciones se valoran de la misma manera. Si pasaste por un proceso reflexivo para identificar tu influencia en las situaciones, entonces de cierto modo no regresas al mismo lugar, ni eres la misma persona. Así que en determinado momento puedes darte la oportunidad.
Cuando hemos vivido situaciones trágicas, algunos querrán tener más, llegar más lejos. Otros querrán conservar lo que tienen y arriesgarse lo menos. Pero el aprendizaje se logra con movimiento. Es indispensable aprender con un enfoque de capacidad. Es decir, quiero generar capacidad en mí para que cuando las cosas se pongan difíciles yo pueda tener habilidades de sobra para salir adelante, visualizando oportunidades de crecimiento sin comprometer lo que aún me queda.
No escribiré con un enfoque político (no es mi línea), sólo diré que después de un cuarto de siglo hay temas sin resolver, daños colaterales, atribuciones desmedidas y un mundo igual de vulnerable. Aprendamos de esas historias para integrarlas en nuestro desarrollo personal, no envenenes el entorno por miedos desmedidos, asume tu responsabilidad en tu campo de acción y desarrolla habilidades para afrontar nuevos retos, porque detenerse, es retroceder.









