Cuando en el gobierno hablamos de “juventud”, hoy hablamos, tristemente, de un tema “de paso”. No existe un plan transexenal ni una visión de Estado sobre las juventudes; tan solo existe un escueto marco legal que permite la existencia de instancias de atención a la juventud, muchas veces insuficientes ante las necesidades actuales de una generación necesitada de atención y acción por parte del Estado.
Hoy, la bandera de la juventud no es un tema técnico, como la energía o el suministro de agua; tampoco un tema de peso diario, como la gobernación interior o la defensa nacional. Es, más bien, un espacio donde se puede colocar al joven que quiere dar sus primeros pasos en la política y, de paso, vender la imagen de un gobierno que presta atención a los jóvenes.
El tema de juventud está cercado, pues tanto a nivel nacional como local suele colocarse en órganos con capacidades limitadas, donde se puede experimentar con un poco más de soltura, pero sin contar necesariamente con la autonomía o el peso institucional suficientes. Es un espacio donde el aspirante a candidato puede conocer a otras personas, tener su primer cargo y alzar la voz sin construir ni destruir demasiado.
Mientras tanto, en el sector político-partidista, el joven es un soldado: ocupa una silla en los eventos, reparte volantes y hace bulla en favor de un candidato que lo utiliza, pero no he podido ver un solo ejemplo donde su participación sea verdaderamente decisiva.
Y considero que esta falta de continuidad y el carácter pasajero de las políticas de juventud son provocados por el acuerdo común de que la juventud, en sí misma, es pasajera. Quien tiene como causa una discapacidad, una condición de vulnerabilidad o algún otro interés de mejora puede defenderla durante toda su vida; quien defiende a la juventud, inevitablemente, un día deja de ser joven y ahí se termina la lucha.
Sin embargo, la idea de que de la juventud sólo deben encargarse los jóvenes —particularmente aquellos que tienen interés en la política— ha provocado un abandono importante, porque el joven que no está interesado en política difícilmente se acerca al instituto, al partido o a las estructuras creadas supuestamente para representarlo.
Hay profesionistas que dedican su vida a trabajar cerca de la juventud: docentes que conviven diariamente con nosotros, pedagogos que estudian cómo la educación puede permear mejor en las nuevas generaciones o psicólogos que se especializan en esta etapa de la vida. Sin embargo, muchas veces se desprecia la presencia de especialistas en las instancias, grupos u organizaciones dedicadas a las juventudes.
Considero que, por el bien de una juventud que hoy lidia con adicciones, con el acoso constante de estímulos que pelean por su atención, con pocas oportunidades y con enormes retos, es momento de que normalicemos la presencia de especialistas en los espacios destinados a los jóvenes.
Necesitamos construir un verdadero plan de Estado que trascienda gobiernos, partidos y generaciones, apostar por la juventud debe ser por el bien de los jóvenes un tema de todos.









