Ha iniciado el ciclo escolar con la ilusión de ver a los estudiantes adquirir conocimientos y habilidades que les permitan incorporarse a la población económicamente activa de una forma pertinente, que promueva la movilidad social al transformar su realidad para beneficio propio y de su comunidad.
¿Tenemos fe ciega en las instituciones educativas? Es probable que algunos padres de familia estemos esperando que la escuela construya ese conocimiento, aunque también los docentes esperan que los padres hayan formado hijos responsables. Los profesores han realizado un trabajo de planeación mediante la selección de objetivos, temas, dinámicas y estrategias que den cumplimiento al programa educativo. Los padres han hecho el esfuerzo para adquirir los materiales solicitados entre uniformes, calzado, y útiles escolares. ¿Qué planearon los estudiantes? Tal vez sólo estén confiando en que “la tarea” de los maestros y la voluntad de sus padres sean suficientes para aprender lo necesario.
La adaptación de los contenidos escolares ha sido un tema controversial, no tanto por la pertinencia de los temas sino por la forma de abordarlos. Y es aquí donde se radicalizan las posturas. La comunicación entre los actores de la educación maestros, alumnos y padres de familia, se ha llevado al nivel de las agendas geopolíticas. Algunos académicos están convencidos de incluir temas que, aunque están en el escenario mundial, no parecen ser los más adecuados para ciertas infancias. Los padres de familia están exigiendo un trato muy particular hacia sus hijos donde se evite la frustración del alumno. El alumno está siendo moldeado en su personalidad ya no por el maestro, ya no por sus padres e incluso ya no por sus compañeros sino por un algoritmo que va perfilando su respuesta conductual.
Lejos de trabajar de manera conjunta persiguiendo el mismo objetivo, se trabaja de manera aislada y en competencia con las demás partes, persiguiendo un objetivo diferente, con alcances opuestos.
Por otro lado, el intento de incluir a todos en todo tampoco resulta una práctica tan efectiva. El afán de llevar todo a procesos “democráticos” sólo crea la ilusión de comunidad, pero nos detiene más de lo que nos ayuda. Cada uno de nosotros deberá tomar su responsabilidad con seriedad y compromiso.
La forma de adquirir conocimientos ha cambiado. Ahora es muy fácil confundir datos con información. Necesitamos desarrollar un pensamiento crítico que nos permita distinguir entre lo que es relevante de lo que es entretenido.
Las formas de interacción con los demás han dejado vacíos tan profundos que se confunde la participación con colaboración, el hecho de estar presentes, gritar consignas y descalificar a quienes piensan diferentes no nos hace más libres ni soluciona la injusticia, sólo radicaliza las posturas alejándonos del diálogo para llegar a acuerdos.
Confundimos popularidad con liderazgo. El hecho de que alguien tenga la aprobación de un número mayor de personas no significa que tenga las mejores ideas, sólo significa que tiene las más populares, y lo popular puede venir de lo entretenido o de lo escandaloso, no necesariamente de lo que representa un avance como sociedad.
Es probable que tengamos la idea de que nos estamos adaptando a las nuevas formas y que eso es lo que nos está dificultando el proceso de enseñanza aprendizaje. Y también es probable que en el afán de adaptarnos lo más pronto posible, caigamos en la domesticación ya que de esta forma nos sentimos más cómodos pues la mayoría de quienes nos rodean parecen estar de acuerdo con la nueva postura.
Cuando tenemos claro cuáles han sido los cambios en nuestro entorno y cuál es el nuevo camino que debemos transitar, entonces podemos tomar una decisión consciente de lo que se requiere para adaptarnos a la nueva dinámica.









