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La propagación virtuosa


Pensemos juntos
Por Manuel Smith Vázquez | 1 Septiembre, 2026 | 08:03 h
Opinión
La propagación virtuosa

"La rebelión no es posible sino en una sociedad donde la igualdad teórica oculta grandes desigualdades de hecho." Albert Camus
Hay una imagen que todos conocen: la manzana podrida que pudre a las demás. Se usa para explicar casi todo lo que falla en un gobierno, en una empresa, en un barrio. Uno llega mal y arrastra a los que tenía al lado. El vicio, se dice, es contagioso. Y sí, lo es. Pero nadie habla del otro contagio.
Propongo una tesis. La llamo la propagación virtuosa. Su punto de partida es simple: en cualquier Estado —territorio, población, orden jurídico, poder público— basta con que una sola institución, o una sola persona con peso real dentro del sistema, empiece a hacer bien su trabajo para que el resto del sistema sienta la presión de hacer lo mismo. No por imitación. No necesariamente por convicción. A veces, simplemente, porque quien no lo hace empieza a cometer un delito.
Piénselo con la Fiscalía. Si la Fiscalía funciona de verdad —sin pactos, sin archiveros llenos de expedientes que nadie leerá, sin ministerios públicos que miran hacia otro lado cuando el que delinque tiene credencial— entonces de pronto el presidente municipal corrupto enfrenta algo que no conocía: consecuencias. Y el funcionario que aprueba la obra sin concurso, y el regidor que firma sin leer, y el director que omite cuando debería actuar. La omisión deja de ser cómoda. Ser cómplice se vuelve caro. Eso es la propagación virtuosa actuando desde la coacción.
Pero hay otra forma de propagación, más lenta y más profunda. La del ejemplo. Cuando alguien en medio del poder —o desde afuera, desde la sociedad civil, desde una colonia, desde un sindicato— se niega a doblar, cuando insiste en hacer lo que debe aunque todo el entorno le diga que eso no se hace así, algo cambia en el aire. La gente lo nota. Primero con desconfianza, luego con curiosidad, después con algo que se parece a la esperanza. Y la esperanza, cuando tiene un referente concreto, no se queda quieta.
El ser humano no es una manzana. No se pudre de manera irreversible. Se moldea, se reconstruye, cambia de perspectiva. Puede pasar del vicio a la virtud —obligado por la ley o inspirado por el ejemplo—, y eso que suena a utopía moral es en realidad lo que sostiene cualquier proyecto civilizatorio. Si el hombre fuera irremediablemente corrupto, no habría para qué escribir constituciones.
La tesis tiene también su cara oscura. Si en un Estado determinado no hay una sola institución empujando ese cambio —ni un juez que resista, ni un congresista que pregunte de más, ni una contraloría que moleste, ni una organización ciudadana que no se canse— entonces ese silencio no es neutral. Es un diagnóstico. Significa que el sistema completo está vencido. Y cuando un sistema está vencido de esa manera, las reformas parciales no alcanzan: hay que modificarlo desde la raíz, intervenirlo, o empezar de nuevo.
Eso incomoda porque obliga a mirar. Si no hay nadie que tire hacia la virtud, la pregunta es por qué. Y la respuesta casi siempre señala hacia arriba.
La manzana podrida pudre a las demás. Pero una manzana sana, en el lugar correcto, puede obligar a las otras a decidir qué quieren ser.
 

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