"Me rebelo, luego existo." — Albert Camus, El hombre rebelde
No te escondas detrás de Dios
como si él fuera un muro
y no una puerta.
Dios —si existe—
no puso la corrupción en el mundo
para que la aguantaras arrodillado.
La puso, o la permitió,
para ver qué hacías tú con ella.
Eso es la libertad:
el peso completo de lo que decides.
No la libertad de los libros
sino la de carne y hueso,
la que duele cuando la ejerces
y duele más cuando no.
El cobarde también reza.
El cómplice también va a misa.
El que mira para otro lado
también le prende una vela a su santo
y le pide que arregle
lo que él no tuvo valor de tocar.
Pero ningún dios que valga
quiere hijos así.
Ningún padre digno de serlo
celebra que su hijo
no sepa pararse solo.
Si eres imagen y semejanza
demuéstralo con los pies en la calle,
con la voz entera,
con el miedo puesto encima
como se pone un abrigo en invierno:
porque hace frío
pero hay que salir.
No hay semejanza en la reverencia ciega.
No hay imagen de nada
en el hombre que dobla el espinazo
ante el que abusa
y luego dobla las rodillas
ante el que supuestamente lo ve todo
y le pide que haga
lo que él no quiso hacer.
Dios no es tu sustituto.
Es, si acaso, tu testigo.
Y los testigos no absuelven cobardes:
los registran.
Así que párate.
Habla, aunque te tiemble la voz,
especialmente cuando te tiemble la voz.
Denuncia.
Exige.
Estorba al corrupto con tu sola presencia honesta
porque la honestidad en medio de la podredumbre
es el acto más subversivo que existe.
No esperes señales.
No esperes que el cielo se abra
y alguien descienda a hacer tu parte.
Tu parte es tuya.
Siempre lo fue.
Y el día que la hagas
—sin garantías, sin aplausos, sin certeza—
ese día sí podrás decir
que eres de la estirpe de algo grande,
que llevas en la sangre
no la resignación de los mansos
sino la dignidad irreductible
de quien sabe que vino al mundo
a dejar el mundo
menos roto
de lo que lo encontró.









