Hace algunos años, una muy estimada amiga de origen colombiano me recomendó escuchar a la gran narradora, su paisana, Diana Uribe. Lo cual hasta la fecha estoy muy agradecido. A través de sus excelentes relatos recordé las historias de Grecia y su mitología. Es una delicia escuchar a Diana. Así que tenía la expectativa muy alta para ver la película de “La Odisea” dirigida por uno de mis favoritos, el señor Nolan. No esperaba que me llegara tan profundo la versión de Christopher.
Todo un despliegue tecnológico para contar una historia de liderazgo llena de simbolismos con matices que casi rayan en el aleccionamiento. Hemos escuchado tantas veces la historia de Odiseo (o su versión romana de Ulises) atado al mástil de su embarcación para escuchar el canto de las sirenas, que nos parece incluso familiar. Algunos creadores de contenido han utilizado esa sección para las analogías del autoconocimiento y la estrategia para evitar ser seducidos por las tentaciones. Sin embargo, la forma, el sonido, el texto y una dramatización del genial Matt Damon desgarrándose por el sufrimiento de escuchar lo que decían, hacen de la escena un momento que no es sencillo describir. Te hace conectar con situaciones conocidas de una altísima carga emocional. Derramé un par de lágrimas casi sin estar consciente de que necesitaba respirar. El mensaje fue devastador. La lejanía de Penelope no lo atormentaba tanto como la memoria de las personas que habían perecido ante la robustez de su espada. Tenía la gloria de la victoria, pero no podía disfrutarla en plenitud, estando lejos de su familia y con una brecha enorme entre el honor y los sacrificios hechos por quienes lo siguieron y colaboraron para salir vencedor. Créame querido lector que no exagero cuando le escribo que el sudor de mis ojos no tenía freno cuando apareció el siguiente mensaje: “Lo que más quieres es lo que menos puedes tener. Y lo que menos puedes tener es aquello que tenías y que perdiste”.
Pensé en los recursos que hemos desperdiciado; en el tiempo que jamás regresará; en la juventud que dejamos escapar; en aquel impulso reprimido; en la fuerza que no utilicé cuando era necesario. Pensé en la cantidad de personas que teníamos al lado y que no fuimos conscientes de su valor hasta que ya era demasiado tarde. Decir “te amo” cuando realmente lo estás sintiendo parece tan sencillo y en ocasiones aún y cuando lo estás sintiendo NO lo dices.
Hemos bromeado con el sonido agudo y ensordecedor de una ambulancia o una patrulla. Hacíamos chistes diciendo que era el canto insoportable de una sirena. Pero llegó a mi mente esa imagen donde es probable que transporte a alguien que no volverá a ser el mismo; alguien que empezarán a valorar tardíamente; alguien que se perderá en un sistema que lo despersonalizará convirtiéndolo en sólo una estadística.
No siempre somos conscientes de la lealtad de las personas. Exigimos que respondan a nuestras muestras de cariño en tiempo, en forma y en cantidad para otorgarles un lugar en nuestras vidas, sin considerar las diversas formas en que el afecto se manifiesta, y terminamos perdiéndolas. Tal vez era lo que más queríamos, pero no lo podremos tener, porque cuando lo tuvimos lo dejamos perder.
He escuchado a personas diciendo “daría lo que fuera por mi madre (padre o pareja)”, pero no son capaces de dejar a un lado su orgullo para llamarles o acompañarlos.
También está la otra cara de la moneda. Personas a quienes daremos nuestra atención y nuestra consideración, pero que no obtendremos ni un “buenos días” a pesar de haber puesto tanto empeño demostrando nuestro afecto. A veces somos como esos guerreros leales que terminaron olvidados o invisibilizados, esperando que alguna “sirena” le recuerde al objeto de nuestro afecto que merecíamos un poco de reciprocidad.
Me mantendré en la línea. Seré proactivo y generoso con quienes me ofrecen su presencia y su cariño. Seré responsable con lo que me corresponde incluyendo ser responsable de las expectativas que pueda generar en los demás. Me conduciré bajo un principio de frugalidad que me permita siempre tener esa reserva de energía que evite malinterpretar y fomente el romantizar. Serán pues mis ataduras al mástil rector de mi destino para no sucumbir al canto de las sirenas.









