En las últimas semanas la tierra nos ha recordado, desde distintos puntos del planeta, algo que solemos olvidar precisamente cuando todo está en calma: vivimos rodeados de riesgos y nunca sabemos exactamente cuándo tendremos que poner a prueba qué tan preparados estamos.
El 24 de junio, Venezuela enfrentó dos fuertes movimientos sísmicos, de magnitudes 7.2 y 7.5. El 28 de julio, la región de Kumamoto, en Japón, registró un sismo de magnitud 7.1. Y apenas este 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el occidente de Colombia, dejando imágenes de destrucción que nuevamente recorrieron el mundo.
Tres países distintos, tres contextos diferentes y una misma pregunta que inevitablemente tendríamos que hacernos desde este lado del mundo: si hoy nos tocara a nosotros, ¿estaríamos preparados?
Y es que, México ¡ Vaya que sabe de sismos!, sabe lo que cuesta aprender después de una tragedia.
El 19 de septiembre de 1985 no solamente cambió para siempre el rostro de la Ciudad de México. Cambió como nación nuestra manera de entender las emergencias, evidenció las enormes carencias institucionales que existían para enfrentarlas y, al mismo tiempo, mostró una capacidad de organización ciudadana que terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de aquella tragedia.
Entre edificios colapsados, calles destruidas y miles de familias buscando a los suyos, la sociedad salió a hacer lo que había que hacer. Personas removiendo escombros sin conocimiento o técnica alguna; voluntarios organizándose donde todavía no existían protocolos suficientes; sin embargo; aprendimos que la solidaridad, por sí sola, no puede ser nuestra estrategia ante un desastre. La gran lección de 1985 fue entender que no basta con saber reaccionar: tenemos que aprender a prevenir.
Por ello, a los pocos meses, en mayo de 1986, se creó el Sistema Nacional de Protección Civil, y poco después surgiría el Centro Nacional de Prevención de Desastres. Con los años llegaron mejores protocolos, sistemas de alerta, atlas de riesgo, simulacros, normas de construcción, y una participación cada vez mayor de instituciones y ciudadanía. Ese proceso fue tan puntual, que provocó que incluso organismos internacionales reconocieran a México como un referente en reducción del riesgo de desastres.
Y eso tendría que hacernos sentir orgullosos, sí. Pero jamás confiados. Pues, debemos ser conscientes de que una verdadera cultura de Protección Civil no puede depender únicamente de las autoridades, de los cuerpos de emergencia o de quienes trabajan profesionalmente en ella. Tiene que vivir en cada familia, y de forma más específica, en cada ciudadano.
Entendamos que, Protección Civil es saber por dónde salir de nuestra casa si ocurre una emergencia; identificar zonas de menor riesgo. Es participar seriamente en un simulacro aunque nos dé flojera bajar tres pisos. Es escuchar una alarma y saber qué hacer, en lugar de comenzar a improvisar.
Y quizá ahí está uno de nuestros mayores desafíos. Hemos aprendido muy bien a reaccionar cuando la tierra empieza a moverse, pero todavía tenemos que trabajar mucho para comprender que Protección Civil significa mucho más que sismos. Significa también incendios, inundaciones, huracanes, fugas de gas, accidentes, deslaves, olas de calor y todas aquellas situaciones capaces de poner en riesgo nuestra vida o la de nuestra comunidad.
Construir una cultura de prevención significa dejar de ver estos temas como algo que corresponde exclusivamente al gobierno y comenzar a asumirlos como una responsabilidad compartida. Porque ningún sistema de emergencia, por eficiente que sea, puede sustituir a una población informada.
No podemos evitar que tiemble; pero sí podemos decidir qué tan vulnerables queremos ser cuando ocurra.
Quizá la cultura de Protección Civil se resume precisamente en eso: prepararnos cuando aparentemente no pasa nada, para saber exactamente qué hacer cuando pase todo.
Porque la patria pesa, cuando hay que levantar sus escombros.









