"El arte de la tributación consiste en desplumar al ganso obteniendo la mayor cantidad de plumas con la menor cantidad posible de graznidos." Jean-Baptiste Colbert (ministro de finanzas de Luis XIV)
El tío Próspero era el administrador de la casa grande.
No era su casa. Era la casa de todos: de los veintidós sobrinos que vivían en ella, de sus hijos, de sus nietos, de los que aún no habían nacido pero que ya debían contribuir al gasto común desde antes de abrir los ojos al mundo.
Cada enero, los sobrinos juntaban su dinero y se lo entregaban. Era una cantidad considerable. Suficiente, según los propios cálculos del tío Próspero, para pintar las paredes, reparar el techo, comprar despensa para todo el año, contratar al médico del barrio y poner una pequeña reserva para imprevistos.
Los sobrinos trabajaban. El tío administraba. Ese era el trato.
En octubre de cada año ocurría lo mismo.
El tío Próspero convocaba a los sobrinos a la sala —siempre en octubre, nunca antes— y con gesto grave, voz pausada y una carpeta gruesa bajo el brazo, anunciaba la mala noticia:
—No alcanza.
Los sobrinos se miraban entre sí.
—¿Cómo que no alcanza, tío?
—No alcanza —repetía él, con la serenidad de quien ha ensayado la frase—. Los tiempos están difíciles. Los insumos subieron. Lo que ustedes aportan ya no es suficiente para las necesidades de la casa.
Y entonces venía la propuesta: que los sobrinos trabajaran más horas. Que resignaran una parte de su descanso dominical. Que aceptaran que la reserva para su vejez se usara "temporalmente" para el gasto corriente. Que entendieran. Que cooperaran. Que fueran solidarios.
Algunos sobrinos protestaban. El tío Próspero los miraba con tristeza paternal y decía que no comprendían la complejidad de administrar una casa tan grande.
Los sobrinos, sintiéndose pequeños, guardaban silencio.
Lo que ningún sobrino había hecho todavía era revisar la bodega.
Un día, el sobrino más joven —que tenía la mala costumbre de hacer preguntas— encontró la llave de la bodega detrás de un cuadro en el pasillo. Abrió la puerta.
Adentro estaba la pintura que no se había usado. Las láminas para el techo, intactas en su empaque original. Sacos de cemento endurecidos por la humedad porque nadie los había abierto. Cajas de medicamentos vencidos que nunca llegaron al médico. Facturas de servicios que se contrataron y nunca se prestaron.
Y en un rincón, perfectamente ordenados, los recibos.
El dinero había llegado completo. Había llegado en enero, como siempre. Pero en la bodega estaba la evidencia de que más de la mitad nunca se había movido de su lugar.
No se había gastado en lo que debía gastarse.
Simplemente no se había gastado.
El sobrino joven fue a ver al tío Próspero con los recibos en la mano.
El tío lo miró con esa mezcla particular de lástima y fastidio que reservaba para las preguntas incómodas.
—Eso —dijo el tío, señalando los papeles— es una cuestión técnica muy compleja que tú no puedes entender sin la formación adecuada.
—Pero tío —insistió el sobrino—, si no se gastó lo que se nos pidió el año pasado, ¿por qué nos pide más este año?
El tío Próspero guardó silencio tres segundos exactos. Luego abrió su carpeta, sacó un papel lleno de cifras y lo colocó sobre la mesa con la solemnidad de quien deposita las tablas de la ley.
—Porque el año que viene —dijo— las necesidades serán mayores.
Los sobrinos nunca volvieron a encontrar la llave de la bodega.
Apareció, en cambio, un candado nuevo. Y una señal que decía: Acceso restringido. Información confidencial. Área de gestión estratégica.
En octubre del año siguiente, el tío Próspero convocó de nuevo a los sobrinos a la sala.
—No alcanza —anunció.
Y los sobrinos, que habían olvidado lo de la bodega porque el trabajo diario no deja mucho tiempo para recordar, asintieron con el cansancio resignado de quienes creen que la escasez es una ley de la naturaleza y no una decisión de alguien.
Afuera, en la bodega, la pintura nueva esperaba su tercer año consecutivo de reposo.









