Hace unos días, ONU Mujeres publicó un informe titulado “Beyond the Breaking Point”, que podría traducirse como *Más allá del punto crítico*. El documento analiza las consecuencias que están teniendo los recortes a la ayuda internacional sobre las organizaciones de mujeres que trabajan en algunos de los contextos humanitarios más graves del mundo.
El informe recoge las respuestas de 855 organizaciones de mujeres, distribuidas en 52 países afectados por guerras, desplazamientos y crisis humanitarias. Sus conclusiones son alarmantes: desde enero de 2025, al menos un millón de mujeres y niñas han perdido el acceso a servicios esenciales-
Lo más crítico de dicho informe es pensar que, de esa cifra de 1 millón de mujeres, hay mujeres que llegaron a un refugio y encontraron la puerta cerrada; niñas que abandonaron la escuela; adolescente y mujeres embarazadas que deben caminar durante horas para recibir atención médica; víctimas de violencia sexual que ya no tienen un espacio seguro al cual acudir; y un sin fin de etcéteras de situaciones inhumanas en las que este millón de mujeres se ven afectadas.
Pongámoslo en contexto; cuando los gobiernos hablan de recortes, utilizan palabras limpias y que conectan mejor con la población, como: austeridad, eficiencia, ajuste presupuestal. Palabras que caben perfectamente en una conferencia de prensa y que parecen no lastimar a nadie. Pero, cuando el mundo decide ahorrar en ayuda humanitaria, ese casi siempre el sector lastimado es el de las mujeres.
De acuerdo con el informe, 120 millones de mujeres y niñas necesitan actualmente asistencia y protección humanitaria en el mundo. Al mismo tiempo, el 84% de las organizaciones consultadas asegura que la demanda de sus servicios ha aumentado desde enero de 2025; y de estas mismas organizaciones nueve de cada diez reconocen que ya no pueden atender las necesidades existentes. Dos de cada cinco organizaciones consideran que podrían cerrar temporal o definitivamente durante el próximo año; y el 65% reporta que parte de su personal trabaja sin recibir un salario para mantener los servicios en funcionamiento.
Y es que, una realidad global a la que hoy nos enfrentamos, hoy hay más guerras, más desplazamientos, más pobreza y más violencia, pero menos refugios, menos personal, menos medicamentos y menos posibilidades de acompañar a quienes intentan sobrevivir.
Una realidad también es que mientras desaparece el presupuesto, el trabajo no desaparece. Alguien tiene que seguir cuidando, alimentando, acompañando, buscando y protegiendo; y casi siempre ese alguien es una mujer.
Seamos claros, la escena donde una mujer toma protagonismo dentro de la crisis se repite dentro y fuera de las guerras. Pongamos un ejemplo, cuando falta una clínica, una mujer cuida al enfermo, cuando no hay guardería, en la mayoría de los casos una mujer abandona su empleo, o es una mujer quien asume el cuidado de los menores sin remuneración alguna. El ejemplo más claro y cercano, lo tenemos en nuestro propio país, pues cuando una institución no busca a una persona desaparecida, son las madres quienes recorren los campos; el Estado se retira, pero las necesidades permanecen.
Entonces aparece ese trabajo invisible que el mundo da por hecho: el trabajo de las mujeres. Un trabajo que no se contabiliza, no se remunera y rara vez se reconoce, pero sin el cual comunidades enteras simplemente colapsarían.
El informe de la ONU menciona que al menos el 82% de las organizaciones ha observado un incremento en el abandono escolar de las niñas, además, de que casi 2/3 señalan que los espacios seguros y los servicios para atender la violencia de género han desaparecido o disminuido considerablemente. Y esto no es únicamente una crisis financiera, esto responde a una decisión política.
Porque un presupuesto no es solo una lista de cifras. Es una declaración de prioridades; ahí se nos dice qué vidas importan, qué problemas merecen atención y quiénes pueden ser sacrificadas cuando el dinero deja de alcanzar.
Resulta profundamente contradictorio que los gobiernos hablen de igualdad mientras reducen los recursos destinados a sostenerla, que en espacios tan importantes como el de las Naciones Unidad o el pulpito matutino de un gobierno nacional, se pronuncien discursos sobre los derechos de las mujeres mientras permiten que cierren las organizaciones que los defienden. Es aberrante, que presuman avances en foros internacionales mientras, en el territorio, una mujer toca la puerta de un refugio y nadie puede abrirle.
Entonces, es ahí, cuando nos damos cuenta de que los derechos sin presupuesto son apenas buenas intenciones. Podemos reconocer la igualdad en las leyes, condenar la violencia en los discursos y llenar de color morado las instituciones cada 8 de marzo. Pero si no existen recursos para convertir esas palabras en protección, justicia, salud y educación, entonces la igualdad se queda en el papel. Y el papel no detiene una agresión. No atiende un parto. No encuentra a una mujer desaparecida.
Podría parecernos que este informe habla de realidades lejanas: de Afganistán, Sudán, Haití o la República Democrática del Congo. Sin embargo, la lógica que denuncia nos resulta demasiado conocida. También en México hemos normalizado que sean las mujeres quienes compensen las ausencias institucionales. Las vemos organizando colectas, atendiendo comedores comunitarios, buscando desaparecidos, cuidando enfermos y formando redes de protección ante la violencia.
Y se escucha bonito cuando las llamamos fuertes, valientes y resilientes. Pero, muchas veces, la palabra “resiliencia” solo sirve para romantizar el abandono. La realidad es que, no deberíamos celebrar que una mujer pueda soportarlo todo. Deberíamos preguntarnos por qué se le obliga a hacerlo.
Entendamos esto: La ayuda internacional no es caridad; en muchos lugares representa la diferencia entre recibir atención o morir, entre escapar de la violencia o permanecer junto al agresor, entre continuar en la escuela o ser obligada a casarse, entre reconstruir una vida o quedar completamente sola. Reducir estos recursos no significa únicamente cerrar programas. Significa cerrar puertas.
Recordemos, la austeridad nunca es neutral; siempre tiene consecuencias y siempre encuentra a alguien sobre quien descargar su peso. Hoy ese peso está cayendo, una vez más, sobre las mujeres y las niñas y el mundo no está ahorrando; está cobrando su fracaso en el cuerpo, el tiempo y la vida de las mujeres.









