"En general, los gobernantes prefieren a los ciudadanos pasivos porque es más fácil tener controlados a súbditos dóciles e indiferentes; pero la democracia necesita ciudadanos activos."
Norberto Bobbio — El futuro de la democracia, 1984
Están ahí. Los conocemos. Los hemos visto en las fotos de campaña, en las bardas pintadas, en los auditorios donde prometieron todo lo que hoy no existe. Y ahora los vemos de nuevo —o más bien no los vemos, que es exactamente el punto— callados, discretos, aguardando.
No los mueve la urgencia de Morelos. No los desvela la inseguridad que arrasa municipios enteros, ni el hambre que se instala en las colonias mientras los programas de ayuda se quedan en unos cuantos, ni las escuelas que se caen a pedazos, ni los jóvenes que no encuentran ni trabajo ni futuro y a quienes el crimen organizado sí les tiende la mano siniestra. Nada de eso los convoca a hablar. Los convoca el calendario. Cuando se acerquen las fechas, volverán. Con sonrisa, con promesa, con juguetes, láminas y tinacos.
El sistema electoral mexicano tiene un defecto que no es técnico sino moral: no mide resultados. No pregunta qué hiciste. No exige que rindas cuentas de lo que no cumpliste. No castiga la mediocridad en el desempeño, el ausentismo, el voto vendido a la línea del interés en turno, el silencio cómplice ante el sufrimiento de los representados. El sistema pregunta solo una cosa: ¿cuántos votos traes?
Y ahí está el nudo. Porque en un país con pobreza estructural, con redes clientelares que funcionan como columna vertebral de la política local, con ciudadanos que han aprendido que de sus representantes no van a obtener resultados sino —si acaso— un favor, un despensazo, una gestión menor, el voto no es expresión de confianza en la capacidad: es transacción de supervivencia. No votan por el mejor; votan por quien les dio algo o podría dárselo. Y los políticos lo saben, lo calculan, lo presupuestan.
La reforma electoral que se discutió, que se anunció como transformación y llegó como retoque, no tocó este mecanismo. Cambió formas. Movió piezas. Pero el sistema de la dádiva sigue en pie, robusto, bien aceitado, produciendo los mismos resultados: legisladores que no legislan, representantes que no representan, candidatos que se reciclan elección tras elección sin que nadie les cobre el costo de su omisiva actitud.
Llamamos ineptocracia al sistema que eleva a quienes menos merecen elevarse, no por accidente sino por diseño: el diseño premia la lealtad al jefe político y sus intereses, la capacidad de movilizar clientelas, el arte de aparecer sin decir nada comprometedor. La aptitud —la preparación, el criterio, la valentía de gobernar, y hacerlo bien — no cotiza en esa bolsa.
Lo que necesita Morelos, lo que necesita México, no es otro candidato agazapado esperando su turno. Es un sistema que obligue a responder. Que el ciudadano que hoy sufre la inseguridad, el desempleo, la escuela rota, la desesperanza de opcioes, pueda señalar a quien tuvo el cargo y no actuó, y que ese señalamiento tenga consecuencias reales: no reelección automática, no cargo siguiente, no pantalla donde seguir medrando.
La aptocracia no es utopía. Es simplemente la idea de que quien gobierna debe saber gobernar, y que, si no sabe o no quiere, debe ceder el lugar a quien sí. Es la idea de que el poder público es servicio, no negocio. Es la idea de que un voto vale más que una despensa.
Mientras eso no ocurra, los candidatos del silencio seguirán esperando su turno. Pero algo ha cambiado. La sociedad despierta no ruega ni mendiga representación: la exige. Califica, recuerda, compara. Se alza digna sobre su propia necesidad y su propia carencia, y alza la voz como lo que siempre ha sido pero no se había atrevido del todo a ejercer: soberanía popular. Y ante esa voz que ya no calla, los candidatos del silencio terminarán donde siempre debieron estar: en el silencio del olvido.









