Cállate, dicen, y es un buen consejo.
El silencio es elegante, es profundo, es sabio.
Pregúntale al esclavo
que se calló treinta años
y murió tan dignamente
con sus cadenas puestas.
Qué recurso tan grandioso el silencio.
Qué colosal manera de existir
sin molestar a nadie,
sin incomodar al amo,
sin que tiemble ni una sola
de las piedras del palacio.
El cosmos también se calla.
Enormísimo, infinito, mudo.
Y ahí está, tan impresionante,
tan eterno, tan inerte,
sin haber dicho una palabra
en catorce mil millones de años.
Yo lo admiro.
Pero yo no soy el cosmos.
Yo tengo boca.
El muerto también se calla.
Es el campeón del silencio.
Nadie lo supera en eso.
Se calló a tiempo, se calló tarde,
total, ya para qué hablar
si ya no hay caso.
Pero tú que todavía respiras,
tú que todavía puedes
mover la lengua y el pensamiento,
tú que tienes una injusticia
atravesada en la garganta
como un hueso de la historia:
¿también vas a guardar silencio?
Qué elegante.
Qué filosófico.
Qué profunda manera
de aceptarlo todo.
Porque eso sí lo saben los abogados,
que son gente práctica y sin romanticismos:
el silencio es aceptación.
Firmaste sin firmar.
Cediste sin ceder.
Te vencieron sin batalla,
que es la forma más humillante
de perder.
La palabra es la sangre
que mantiene vivo al derecho.
Sin ella el derecho es un cadáver
bien redactado.
Habla mientras puedas.
Después
ya nada importa.
El silencio vendrá solo,
sin que lo invites,
puntual como siempre,
definitivo, ese día ya no,
la palabra ya no será una posibilidad.









