En algún momento aprender a leer y escribir abrió la puerta al conocimiento y al trabajo, hoy ese umbral se ha desplazado debido a que la vida cotidiana transcurre en espacios digitales, por lo cual, se vuelve necesario que la educación forme personas capaces de comprender, utilizar y cuestionar críticamente el entorno digital en el que se desarrollan.
La educación digital por mucho tiempo giró alrededor del acceso a internet y de la disponibilidad de dispositivos electrónicos, lo que impulsó políticas orientadas a ampliar la conectividad y reducir las brechas digitales, no obstante, la presencia de tecnología por sí misma no garantiza mejores oportunidades educativas.
Ahora la desigualdad comienza a manifestarse en personas que cuentan con conexión y utilizan diariamente plataformas digitales, sin embargo, carecen de herramientas para distinguir información confiable, interpretar contenidos, proteger sus datos personales o aprovechar la tecnología para generar conocimiento. Las diferencias dejan de depender únicamente de la infraestructura y comienzan a centrarse en la calidad de las competencias que cada persona desarrolla para interactuar con el mundo digital.
La alfabetización digital adquiere así un significado más amplio lo que trasciende el ámbito educativo, pues las competencias digitales crean condiciones para ejercer otros derechos humanos con mayor plenitud.
Esta relación convierte a la educación digital en un elemento indispensable al responder a las necesidades de la época, por lo tanto, es necesario concebir a la educación digital como una nueva dimensión del derecho a la educación.









