Falta tiempo para las elecciones de 2027, pero en la política mexicana el calendario suele adelantarse cuando comienza a repartirse el futuro.
Ya aparecen aspirantes, nuevos partidos, alianzas, fotografías y discursos de renovación, de pronto todos quieren servir, todos tienen vocación y todos aseguran representar una nueva forma de hacer política.
Qué coincidencia.
Todavía no comienzan formalmente las campañas, pero algunos ya buscan desde qué partido les conviene servir al país.
Cada nuevo proyecto estrena nombre, colores, logotipo y discurso. Habla de abrir espacios y representar a quienes ya no se sienten escuchados. Después uno revisa quiénes ocupan los primeros lugares y descubre que, muchas veces lo verdaderamente nuevo era el membrete.
Una especie de gatopardismo electoral, cambiar los colores para que los mismos nombres permanezcan.
Cada vez que cambia el centro del poder aparecen nuevas adhesiones, coincidencias inesperadas y convicciones que, curiosamente despiertan justo cuando se abre una candidatura.
Cambiar de partido no es necesariamente una traición, las personas evolucionan y los partidos también pueden dejar de representar aquello que alguna vez defendieron. Pero resulta difícil no preguntarse por qué algunas transformaciones ideológicas coinciden con tanta exactitud con la pérdida de un espacio, una candidatura negada, el dejar de formar parte del grupo cercano al poder o la proximidad de una elección.
Hoy encontramos políticos que durante años cuestionaron al partido que ahora se encuentra en el poder y que, sin embargo ocupan cargos o buscan candidaturas dentro del mismo movimiento, quizá cambiaron de opinión. O quizá descubrieron que siempre habían pensado igual, pero todavía no se habían enterado.
El fenómeno no pertenece a un solo partido, suele repetirse alrededor de la fuerza política que concentra el poder, el poder atrae.
Y algunos tienen un extraordinario sentido de orientación. Los partidos tampoco son espectadores inocentes, cuando alguien abandona sus filas lo llaman desleal, oportunista o traidor. Pero cuando deja al adversario para incorporarse al proyecto propio, entonces hablan de apertura, pluralidad y fortalecimiento.
En política, el chapulín siempre es el que se va, el que llega es una valiosa incorporación.
También existen los acuerdos previos antes de una elección se suman grupos, estructuras y liderazgos después del triunfo aparecen cargos y posiciones para quienes ayudaron.
Algunos llegan por militancia, otros por capacidad. Y algunos porque su nombre ya estaba incluido antes de contar los votos.
En algunos espacios, la renovación incluso parece tener apellido.
Termina un periodo y aparece la esposa, el hermano, el hijo o algún integrante del mismo grupo familiar buscando ocupar la candidatura, conservar el distrito, dirigir el partido o mantener el control político, el parentesco no descalifica a nadie. Hay familiares de políticos con preparación, trayectoria y méritos propios. Pero cuando las candidaturas, las dirigencias y los espacios de poder comienzan a circular entre los mismos apellidos, resulta válido preguntarse si estamos frente a un relevo democrático o si el poder público ya comenzó a administrarse como una empresa familiar.
Mientras algunos cambian de partido, otros cumplen acuerdos y ciertas candidaturas permanecen dentro de los mismos círculos, los jóvenes y los ciudadanos vuelven a ser presentados como la promesa de una verdadera renovación.
Muchos jóvenes y ciudadanos se acercan a la política de buena fe, creen en una causa, confían en una persona o desean mejorar su comunidad. Aportan tiempo, trabajo, ideas y quizá lo más valioso, su confianza.
Durante las campañas los invitan a caminar calles, organizar eventos, llenar auditorios, defender proyectos y convencer a otros de que ahora sí las cosas serán diferentes, los hacen sentir parte del cambio y muchas veces solo eran parte de la campaña.
Cuando llega el momento de integrar gobiernos, tomar decisiones o definir las siguientes candidaturas, vuelven a aparecer los nombres conocidos. A los jóvenes se les pide que carguen las sillas, pero pocas veces se les permite sentarse en ellas.
Y a muchos ciudadanos se les invita a participar, siempre que no pretendan ocupar demasiado espacio.
Los partidos deberían formar nuevos liderazgos y abrir oportunidades reales para jóvenes y ciudadanos con capacidad, preparación, experiencia profesional, trabajo comunitario o una verdadera vocación de servicio, porque la renovación no consiste en utilizar caras nuevas para llevar al poder a los mismos de siempre.
Consiste en permitir que nuevas personas también puedan decidir, gobernar y asumir responsabilidades.
La discusión rumbo a 2027 no debería limitarse a saber quién cambia de partido, quién aparece en una fotografía o quién consigue una candidatura.
La pregunta importante es para qué quiere llegar,
gobernar no es conseguir trabajo.
Tampoco debería ser una oportunidad de negocio, una forma de proteger intereses o un mecanismo para conservar privilegios.
Cuando una candidatura se entrega por amistad, acuerdo, apellido o conveniencia, el costo no termina dentro de los partidos.
Lo paga la ciudadanía, lo paga con gobiernos improvisados, funcionarios sin preparación, decisiones tomadas para beneficiar grupos y años perdidos que ningún discurso devuelve.
México no necesita políticos expertos únicamente en ganar elecciones, necesita personas capaces de gobernar.
De cara a 2027, quizá convenga mirar menos la camiseta y más a quien la lleva puesta.
Preguntar qué ha hecho, qué sabe, a quién representa y para qué quiere el poder, porque cuando la política se convierte en una forma de conseguir empleo, hacer negocios o conservar privilegios, los mismos de siempre no solo vuelven a ganar.
México vuelve a perder.
#QuéCosa!









