"Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error." — San Agustín de Hipona
A nadie le gusta que le digan que está mal. Eso es humano, es comprensible, es hasta simpático cuando le pasa a un amigo en una conversación de sobremesa. Pero cuando le pasa al que tiene un cargo, al que administra lo que es de todos, al que cobra un sueldo que sale de nuestros impuestos — entonces ya no es simpático. Entonces es un problema.
Porque el funcionario que se molesta cuando le preguntan no se está defendiendo. Se está escondiendo. Y la diferencia importa.
El que tiene razón no se ofende: explica. El que tiene los documentos en orden los muestra. El que cumplió la ley la cita. La molestia, cuando viene del poder, casi siempre es confesión. Es el cuerpo diciéndonos lo que la boca no va a decir.
Lo hemos visto demasiadas veces. El director que cambia el tema. El político que dice que eso no es el momento, ya se investigará, que denuncien si hay algo irregular, ese tema lo iremos estudiando con los años. El funcionario que mira el reloj, que suspira, que pregunta con quién tienes relación, que insinúa que detrás de la pregunta hay una agenda. Todo menos responder. Todo menos mirar de frente lo que le están mostrando.
Y entonces llega la asociación civil. O el ciudadano que leyó la ley y tuvo la imprudencia de tomársela en serio.
Llega con preguntas concretas, con documentos, con fechas. No llega a atacar: llega a que le expliquen. Y lo que encuentra no es respuesta. Encuentra molestia. Encuentra el gesto de quien se siente agraviado porque alguien tuvo el descaro de existir con una pregunta en la mano.
Eso tiene un nombre aunque nadie quiera decirlo: cobardía. No la cobardía de quien tiembla ante el peligro físico, sino la otra, la más común y la más dañina: la cobardía intelectual. La de quien puede argumentar y prefiere ofenderse. La de quien tiene acceso a la información y escoge el silencio. La de quien conoce la ley, la aplica cuando le conviene y la olvida cuando le estorba.
Y el que insiste, el que vuelve, el que no se cansa aunque le pongan mala cara, aunque le cierren la puerta, aunque lo traten como si fuera él el problema: ése no es un inconforme, no es un agitador, no es un enemigo. Es simplemente alguien que decidió no hacerse cómplice. Que decidió que la incomodidad del otro no es razón suficiente para callarse.
Eso, en cualquier idioma, se llama valentía. Una valentía sin aplausos, sin fotografía, sin discurso. La valentía de seguir parado frente a quien quisiera que te fueras, y no irte.









