Recuerdo mis años de secundaria, lleno de impotencia y frustración frente a mi computadora, viendo cómo los policías del gobierno de Enrique Peña Nieto golpeaban, gaseaban y reprimían a manifestantes que exigían justicia por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.
Hoy tengo 22 años. Vivo temporalmente en la Ciudad de México, manejo un automóvil blanco y, durante las últimas semanas, he experimentado un sentimiento distinto, aunque de intensidad similar. He sentido enojo al encontrar las calles bloqueadas, al ver cómo mi trayecto diario al trabajo pasó de una hora a tres por las manifestaciones en Paseo de la Reforma, y al lidiar con policías incompetentes que únicamente cierran vialidades sin proponer soluciones para aminorar el tráfico.
La primera vez fue interesante. La segunda, molesta. Después de unas cincuenta ocasiones en las que mi día se ha visto profundamente afectado por protestas, grandes o pequeñas, comenzó a surgir en mi mente una pregunta incómoda: ¿dónde está la Guardia Nacional para poner orden y retirarlos?
Inmediatamente me observo con preocupación y me pregunto: ¿qué me ha pasado?
El otro día, una declaración de la presidenta me dio un auténtico gancho al hígado. Afirmó que su gobierno, a diferencia de los anteriores, no reprime y que, por lo tanto, no utilizaría la fuerza pública para levantar el plantón de la CNTE, que para quienes transitamos por el Centro Histórico y Reforma se convirtió en un auténtico, agudo y constante dolor de muelas.
En ese mensaje hizo entender que el movimiento político que ella representa llegó al poder precisamente para ser diferente y que, por esa razón, la represión no sería una opción. En cambio, nos pedía tolerancia. Aunque no comparto muchas de las acciones de este gobierno, reconozco la congruencia de ese planteamiento.
Al volver a analizarme, me pregunto entonces qué prefiero: ¿tolerancia u orden?
Porque el orden tiene un costo. En algún punto del camino implica fuerza y, potencialmente, violencia. La tolerancia, incluso en una versión moderada, tampoco es gratuita. No es únicamente una tarea del gobierno; es una responsabilidad compartida.
También me pregunto si las protestas de la CNTE son realmente un buen caso de estudio para responder esta pregunta, considerando la evidente decadencia del sindicalismo mexicano y las carencias que hoy exhiben muchas de sus prácticas y valores.
Por supuesto, quisiera llegar todos los días a mi trabajo sin bloqueos ni manifestaciones que alteren mi rutina. Sin embargo, también me pregunto qué ocurriría si mañana despertara con una desesperación tan profunda que me obligara a salir a las calles para defender una causa, solo para ser violentado por la autoridad y repudiado por la ciudadanía.
Entonces, preferiría la tolerancia.
Pero debo reconocer que yo puedo darme el lujo de ser tolerante. Quizá quien depende de llegar puntual para conservar su empleo, o quien vive al día, no puede ejercer esa tolerancia con la misma facilidad.
De entrada, me atrevería a decir que es fundamental que el gobierno sea más efectivo. Que las instituciones funcionen de tal manera que los ciudadanos podamos recurrir a ellas antes que a las calles. Pero también considero que nosotros debemos involucrarnos más en la vida pública, participar en el sistema democrático y asumir nuestra parte de responsabilidad en la construcción de soluciones.
La moraleja, quizá, es que para mejorar nuestra vida debemos entender que la mejora es una tarea de dos partes: del gobierno y de la ciudadanía. Pensarnos como adversarios permanentes, ya sea por convicción o por conveniencia, es un error. Al final, la calidad de nuestra convivencia democrática depende tanto de la eficacia de las instituciones como de nuestra capacidad para reconocernos como parte de una misma comunidad política.









