La derecha internacional ha ido recuperando espacios poco a poco en el mundo a partir de políticas de comunicación exitosas, pero manipuladoras y, en su mayoría, engañosas, con el propósito de confundir al electorado y generar miedos sin fundamento. Ese miedo que se esparce forma parte de una estrategia de comunicación cuidadosamente organizada por profesionales para influir en el ánimo de la gente y producir una incertidumbre generalizada respecto al futuro de las nuevas generaciones.
Este tipo de campañas, por supuesto, son millonarias y las pagan las oligarquías que tienen sus intereses particulares a partir de continuar explotando tanto a seres humanos como los recursos naturales esparcidos por el mundo.
Particularmente en México, el interés que les generan recursos como el petróleo, el gas natural, el oro, la plata, el zinc y, más recientemente, el litio y el cobalto, que son recursos naturales que en México se encuentran sobre todo en el sureste del país. La ambición que todo ello despierta en diversos personajes relacionados con la derecha internacional, los impulsa a intensificar una estrategia mediática que les permita regresar a controlar al país para terminar con su tarea inconclusa: saquear por completo a nuestra nación a costa de la pobreza extrema del grueso del pueblo mexicano.
Esa ambición por recuperar los privilegios que les permitan continuar saqueando a la nación es su mayor motor. Sin embargo, esa misma ambición también les ha generado una división que no les ha permitido proyectar un liderazgo que los abandere y que sea visto como un opositor serio para aspirar a competir por el poder en México. Por el contrario, se notan divididos; su construcción de alianzas electorales no permea porque no existe un elemento de fondo que los amalgame. Señalan incansablemente problemas del gobierno, como la inseguridad, la falta de crecimiento económico, las carencias en la salud pública y la propia corrupción, sin reconocer que ellos mismos fueron impulsores de todos estos problemas y que el gobierno actual está empeñado en recomponerlos. Realmente no tienen un proyecto para gobernar el país, lo que tienen es resentimiento hacia quienes les arrebataron esos privilegios y los apartaron de los grandes negocios que realizaban con los recursos públicos.
En términos llanos, la oposición busca reposicionarse para retomar el poder, pero su proyecto no tiene pies ni cabeza. Su discurso es anquilosado, manipulador y desgastado; ya nadie les compra sus mentiras y por ello su credibilidad es casi nula. Sus liderazgos son cartas vistas y ya no generan entusiasmo en nadie, pues son reconocidos como vulgares ambiciosos, sin compromiso con la nación ni con el pueblo.
Si a todo lo anterior le sumamos los aciertos del proyecto transformador, como el fortalecimiento de la economía, el haber sacado de la pobreza a más de 15 millones de mexicanos, el fortalecimiento de la política social de apoyo a los sectores vulnerables, la defensa de la libertad de expresión, la renovación del Poder Judicial y un largo etcétera, el conservadurismo en el país se encuentra en un verdadero aprieto, pues difícilmente podrán encontrar la luz en el túnel, aun con el gasto millonario destinado a una estrategia mediática que ya no les alcanza para ganar elecciones.
El PRI hace fiesta por el carro completo obtenido en Coahuila, pero el fraude fue su principal promotor y aliado para lograr esa hazaña, algo que no está en condiciones de conseguir en cualquier otro estado de la República. Se trata de un resultado engañoso que, definitivamente, no representa una constante, sino apenas un espejismo en el desierto. La derecha en México no tiene forma, pero eso no significa que el proyecto transformador deba confiarse. Se debe continuar por la ruta correcta y contar con buenos candidatos en este próximo 2027, pues será la proyección hacia 2030. Morena tiene mucha tarea por delante y la obligación de mantener los pies en la tierra para dar continuidad al proyecto 6 años más.









