Nadie pasa la vida trabajando para dejarles un problema a sus hijos.
Unos logran construir una empresa, otros terminan de pagar una casa después de treinta años. Muchos dejan un pequeño negocio, un terreno o los ahorros que pudieron conservar. También hay quienes gastan buena parte de su patrimonio en médicos, hospitales o medicamentos, con la tranquilidad de haber hecho hasta lo imposible por seguir junto a su familia. Cuando llega el final, algunos sienten que dejan muy poco. Pero casi nunca dejan poco, porque el verdadero valor de lo que una persona deja a los suyos no se mide por la cantidad de dinero que representa, sino por todo lo que hubo que sacrificar para construirlo.
Por eso vale la pena detenernos en un debate que hace unos días volvió a surgir en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Durante la discusión de un asunto relacionado con los recursos de una cuenta individual para el retiro de un trabajador fallecido, la ministra Lenia Batres Guadarrama sostuvo que lo verdaderamente injusto es que en México las herencias y los legados no paguen Impuesto Sobre la Renta y que ese tema debería discutirse en el Congreso.
La propuesta no prosperó, La ley sigue siendo la misma.
La reflexión, sin embargo, permanece.
Hoy el artículo 93 fracción XXII de la Ley del Impuesto sobre la Renta, establece que las herencias y los legados están exentos del ISR. No es un descuido del legislador ni un beneficio concedido por accidente es una regla que durante años ha formado parte de nuestro sistema tributario.
La pregunta es si esa regla debe cambiar.
Y si la respuesta es afirmativa, la siguiente pregunta resulta todavía más importante.
¿Por qué?
El patrimonio no aparece el día en que una persona fallece. Se construye durante décadas, empieza con el primer empleo, con el primer ahorro, con la primera mensualidad de una hipoteca y con las decisiones que obligan a renunciar a muchas cosas para que la familia pueda vivir un poco mejor. Detrás de una casa hay miles de días de trabajo, detrás de un pequeño negocio hay riesgos, deudas y desvelos. Detrás de una modesta cuenta bancaria hay disciplina y muchas veces, sacrificios que nadie conoce. Ese patrimonio tampoco nació al margen de la ley, durante toda su existencia convivió con el sistema tributario. Pagó impuestos cuando se obtuvo el ingreso, cuando se consumió, cuando se adquirieron bienes y cuando se realizaron innumerables actos económicos.
Por eso esta discusión merece mucho más que un eslogan.
Quienes apoyan un impuesto a las herencias sostienen que ayuda a reducir la concentración de la riqueza y fortalece las finanzas públicas. Quienes piensan distinto responden que volver a gravar la transmisión del patrimonio familiar puede desalentar el ahorro, afectar a pequeñas empresas y modificar reglas bajo las cuales millones de mexicanos organizaron su vida.
Ambas posturas merecen escucharse,
lo que no merece este tema es la superficialidad.
La experiencia internacional demuestra que no existe una única respuesta, de los 38 países que integran la OCDE menos de la mitad mantienen un impuesto específico sobre herencias o sucesiones. Otros decidieron eliminarlo porque concluyeron que recaudaba relativamente poco frente a los costos económicos y administrativos que generaba. Eso significa que la discusión no es ideológica, es técnica, jurídica y económica.
Si México decide recorrer ese camino, tendrá que hacerlo con estudios serios, cifras verificables y un debate abierto en el Congreso. Cambiar las reglas fiscales siempre será posible, lo que no debería permitirse es cambiarlas sin explicar con claridad por qué, para qué y con qué consecuencias.
Hay una ironía que no deja de hacerme pensar.
Durante toda una vida una persona paga impuestos por trabajar, por consumir, por invertir y por adquirir un patrimonio. Nadie discute esa obligación, la verdadera discusión comienza cuando ese patrimonio pasa a manos de quienes continuarán la historia familiar.
No escribo estas líneas pensando en las grandes fortunas,
pienso en la viuda que conservará la casa donde vivió cuarenta años. En los hijos que recibirán el pequeño taller de su padre, en la familia que encontrará en una modesta cuenta de ahorro el último respaldo económico que alguien pudo dejarle.
Porque hay patrimonios pequeños que costaron vidas enormes y antes de convertir ese legado en una nueva fuente de recaudación, quizá convenga recordar que el patrimonio de una persona no empieza el día en que muere.
Empieza el primer día en que decidió trabajar pensando en el futuro de los suyos.
#QuéCosa!









