Enseñar a repetir es enseñar a obedecer.
Enseñar a pensar es enseñar a rebelarse.
Anónimo
Vimos aplaudir. Eso es lo que quedó. No los golpes ni los robos ni las mentiras dichas a cara de político en cadena nacional. Lo que se quedó en el aire fue el aplauso de ciudadanos normales viendo cómo su funcionario elegido o impuesto les mentía sin parpadear, y ellos aplaudiendo como si alguien hubiera marcado un gol.
No es metáfora. Es lo que pasa cuando un pueblo pierde la capacidad de pensar y la sustituye por la costumbre de creer lo que le conviene creer. Cuando prefiere aplaudir al delincuente en traje que pensar en lo que hace. Cuando es más fácil hacer porrismo que hacer preguntas.
Ahora bien: hemos criticado la ineptocracia. Está bien. Señalar que el gobierno no sabe, que roba, que miente, que es incapaz de resolver un problema, aunque sea simple. Todo cierto. Pero mientras señalamos hacia arriba, hemos dejado de ver qué está pasando abajo. En las casas. En las escuelas. En la cabeza de la gente que vota sin saber por qué vota.
Porque aquí viene lo incómodo: un gobierno inepto gobernaría solo si el pueblo fuera capaz de exigirle que no sea inepto. De cuestionarlo. De analizar qué dice, qué hace, qué datos presenta o no presenta. De defender sus propios derechos en lugar de defender al funcionario. Pero eso requiere algo que el sistema educativo mexicano hace décadas decidió que no era necesario: enseñar a pensar.
No es accidente. Una escuela que enseña a obedecer, a repetir, a no preguntar, produce ciudadanos que aplauden, aunque les mientan. Produce trabajadores que no innovan. Produce votantes que no exigen. La educación mexicana no forma pensadores críticos. Forma recipientes. Recipientes que se llenan de lo que sea, que no filtran, que no cuestionan lo que entra.
Así que la pregunta real no es por qué tenemos gobiernos malos. Es por qué tenemos ciudadanos incapaces de exigir gobiernos buenos. Por qué la gente ve a un político robando y en lugar de exigir cuentas se debate internamente si ese político es "de mi color" o no. Por qué cuando alguien dice que hay que pensar diferente, que hay que analizar, que hay que cuestionar, se le ve como enemigo.
Superar la ineptocracia es trabajo de los políticos. Superar la ineptociudadanía es trabajo nuestro. Y empieza en lugares concretos: en una casa donde un padre habla con su hijo no para decirle qué pensar sino para enseñarle a pensar. En una escuela donde un maestro no repite la lección, sino que la abre en preguntas. En una mesa donde antes de repetir lo que dice un periódico o un político, se pregunta: ¿qué datos hay? ¿quién los presentó? ¿qué se gana si esto es verdad? ¿qué se gana si es mentira?
Eso es incómodo. Mucho más incómodo que protestar contra los de arriba. Porque arriba, al fin y al cabo, no hay nadie sin nuestro permiso.









