Durante las últimas semanas, una frase comenzó a repetirse en redes sociales, en el ánimo colectivo algo que solo aparece cuando algo nos toca como país, la frase: ¿y si, sí? Tres palabras simples, pero cargadas de una esperanza que hacía mucho no sentíamos de manera tan compartida.
La frase se popularizó, como una pregunta alrededor de la Selección Mexicana y de lo que podría lograr en este Mundial, sin embargo, pronto dejó de referirse solamente al fútbol.
Hace apenas unas semanas, en este mismo espacio, hablábamos del Mundial desde otro lugar: desde la protesta, la incomodidad, y la necesidad de no olvidar lo que también está ocurriendo en México. Buscaba visibilizar la lucha de las madres buscadoras, de las personas desaparecidas, de la crisis económica, de la violencia, de las desigualdades y de todas esas heridas que no desaparecen solo porque ruede un balón. Desde. apareció una sensación difícil de explicar, y la posibilidad de sentir dos cosas al mismo tiempo.
Las redes sociales me permitieron saber pronto que a esa sensación se le llama disonancia cognitiva: y explica esa tensión que ocurre cuando dos ideas o emociones que parecen contrarias conviven dentro de nosotros. Podemos estar enojados por el país que duele y, al mismo tiempo, emocionarnos con el país que juega. Podemos sentir indignación por lo que falta y, aun así, permitirnos gritar hasta desgarrarnos la garganta un gol de Quiñónez. Y eso no significa que no sepamos que nuestro país atraviesa momentos complejos, pero al mismo tiempo nos preguntarnos con una sonrisa: ¿y si, sí? Porque ese “¿y si, sí?” dejó de ser solo una pregunta futbolera y se convirtió en un sentimiento colectivo.
Apenas antier vimos a la Selección Mexicana ganar su cuarto partido y romper la maldición de no pasar al quinto partido después de 40 años, Y entonces algo pasó. En las casas, en las calles, en los negocios, en las redes sociales, en las conversaciones de oficina, y hasta en los sensores sísmicos, la felicidad colectiva nos abrazó; y lo más poderoso no es únicamente que un partido de fútbol nos emocione si no, que, por un momento, millones de personas sintieron algo al mismo tiempo. Sin importar religión, partido político, ideología, edad, colonia, estado o forma de pensar, hubo un instante en el que fuimos una sola nación mirando hacia el mismo lugar.
Eso no borra los problemas. No desaparece las ausencias, ni disminuye la violencia. Pero tampoco es poca cosa. Porque entre tanto caos y tantas malas noticias; entre ese sentimiento agridulce con el que muchas veces vivimos, estas semanas han sido una pausa colectiva. Un respiro para emocionarnos, para creer, abrazarnos, gritar y recordar que también podemos compartir alegría.
Y quizá por eso hasta en las teorías internacionalistas se sabe que el fútbol tiene tanto poder. Porque más allá de un marcador, de los jugadores o de los noventa minutos, un Mundial tiene la capacidad de generar algo que pocas cosas logran: pertenencia. Eso que los internacionalistas llamamos soft power, no es más que esa forma de influencia que no se impone por la fuerza, sino por la cultura, por los símbolos, las emociones y la capacidad de un país de proyectarse ante el mundo.
Y es que no queda duda de que el fútbol, cuando toca las fibras correctas, hace eso. Pone un nombre en alto, construye un sentido de identidad, nos recuerda de dónde venimos y nos hace cantar el himno con un nudo en la garganta, mirando nuestras bandera con otros ojos, esos que nos hacen sentir que México, con todo y sus heridas, también puede ser motivo de orgullo.
Y entonces la pregunta empieza a crecer.
¿Y si, sí ponemos el nombre de México en alto, y logramos sentirnos unidos aunque sea por un momento?
¿Y si, sí nos damos permiso de sentir alegría sin dejar de tener memoria?
¿Y si, sí podemos indignarnos por lo que duele, pero también celebrar lo que nos emociona?
Tal vez esa sea la clave: entender que una cosa no cancela la otra.
Que quede claro que celebrar no significa olvidar, ni cerrar los ojos. Que gritar un gol no significa ignorar al país que exige justicia. Pero también tenemos que ser realistas y entender que vivir permanentemente desde el enojo tampoco puede ser la única forma de habitar México. Este México herido necesita esperanza, símbolos, momentos que nos recuerden que, a pesar de todo, seguimos aquí; y que aún con todo y eso que nos duele podemos encontrarnos con el corazón acelerado y la misma alegría .
No sé si México llegará a la final o si este Mundial termine siendo la historia que tantas generaciones han esperado. Tampoco sé si el fútbol alcance para sostener por mucho tiempo esta emoción colectiva. Pero lo que sí sé, es que durante estas semanas, millones de mexicanas y mexicanos volvimos a sentir juntos; y en un país tantas veces dividido, eso también importa.
Porque quizá el verdadero triunfo no está solamente en ganar un partido, sino en recordar que todavía somos capaces de creer en algo al mismo tiempo.









