Dos años atrás, Reino Unido, cansado de 14 años de gobierno del Partido Conservador, le dio una victoria contundente al Partido Laborista, que llegó a ser visto como un partido en decadencia. Aquel día, en que se llevó a cabo la elección general y el líder del partido ganador decía orgulloso en su discurso de victoria: “Lo hicimos”, no solamente había ganado la izquierda, sino que había perdido la derecha.
El rostro de este cambio fue Keir Starmer, un político que le apostaba al “cambio”, pero defendía las decisiones difíciles, la estabilidad y la mesura. Starmer decía ser un político serio, que no tenía miedo a las decisiones difíciles e incluso anunciaba que las cosas “se pondrían peor antes de que se pusieran mejor”.
Durante sus casi dos años al frente del gobierno, fue un político sobrio, que participó activamente en el bloque para la defensa de Ucrania; tuvo una relación cordial con el presidente Trump, pero también supo ponerle límites que eventualmente significaron insultos hacia él y su gobierno; aumentó el gasto en temas como salud, pero también incrementó los impuestos para empresarios y granjeros, lo cual provocó enojo y afectó su popularidad.
Es importante mencionar que la renuncia de un primer ministro, aunque es un hecho relevante a nivel internacional, no es tan grave como lo sería la renuncia de un presidente. De hecho, durante los últimos diez años, Reino Unido ha tenido a más de seis primeros ministros. Esto se debe a que ese cargo es ocupado por un miembro más del Parlamento que es elevado por sus compañeros, mientras que el jefe de Estado siempre será el rey.
Keir Starmer renunció porque su popularidad había disminuido de manera importante, al nivel de que personas cercanas y miembros de su propio partido habían abandonado su gobierno y criticado sus decisiones. Esta disminución de popularidad significaba que sería difícil para él llevar a cabo sus proyectos de gobierno, pero, sobre todo, que su partido tendría un camino más complicado rumbo a la próxima elección general. En Reino Unido es más importante qué partido tiene la mayoría en el Parlamento que quién es la persona que ocupa la casa de Downing Street.
Es cierto, Starmer cometió errores que le pasaron factura, como la nominación de personas cercanas a Epstein, aceptar regalos y no haber tenido el efecto esperado en la economía. Sin embargo, es sensato admitir que, frente a la mayoría de líderes populistas y viscerales que existen en el mundo, sus errores palidecen.
Lo que los medios de comunicación advierten que fue su mayor problema fue su estilo de comunicación rígido, sus discursos leídos y su poco carisma. Fue, en términos coloquiales, aburrido y acartonado para los estándares que hoy se buscan en los representantes. A su salida, se perfila como su sucesor un alcalde carismático, sonriente y auténtico.
Me preocupa que la mesura, la prudencia y el afán por la estabilidad sean hoy cualidades infravaloradas. Se prefiere al que grita mucho y poco hace, sobre el que hace y poco dice. Quizás parte de madurar políticamente sea apostar por algo que sea bueno, aunque no sea atractivo.














