Tenía mucha razón quien dijo que la "América primero” de Trump podría pronto convertirse en “América sola”.
Después de que los Estados Unidos de Trump decidieron bombardear Irán, se dieron cuenta de que salir victoriosos de ese conflicto no sería una tarea sencilla ni rápida, por lo que exigen el apoyo de los líderes de la Unión Europea. Ellos, quienes han sido víctimas de constantes ataques, descalificaciones y burlas del primer mandatario americano, mostraron su escepticismo ante una acción militar con objetivos irreales, motivaciones ambiguas y costos altos.
Trump tuvo que enfrentar solo la guerra que él mismo inició. Claramente, no lo hizo en silencio: aprovechó muchos espacios para recriminar la actitud de quienes durante muchas décadas habían sido los aliados incondicionales del país que hoy gobierna.
La semana pasada, cuando Trump buscaba salir de la guerra con Irán como quien, casi ahogándose, busca salir a la superficie para respirar, hubo una reunión del G7 —una cumbre de los países más poderosos, que pertenecen al “equipo de Occidente”, por lo que no participan ni China ni Rusia—.
A esta reunión se llegaba con aliados que, por el mal manejo político, las descalificaciones y la pobre diplomacia del líder, se encuentran muy distanciados, y esta distancia se podría traducir en el “no” que los miembros dieran de manera directa a la nueva ocurrencia del gobierno americano.
Al llegar a esta cumbre, Trump no tenía la ventaja. Por un lado, aliados enojados querían respuestas sobre cómo resolvería la crisis del petróleo que él mismo inició y, por otro, estaba por firmar un acuerdo para terminar una guerra que objetivamente perdió. Sin embargo, no arribó con una actitud conciliadora: llegó a la cumbre casi una hora tarde para interrumpirla y, frente a los jefes de Estado, decir: “Yo soy el jefe”.
De manera oficial, la cumbre nos dejó una serie de acuerdos sobre la migración, el tráfico de drogas, el combate al ébola, el apoyo a Ucrania y el desarrollo económico como una respuesta necesaria frente a China. Todos estos acuerdos son repetitivos, banales y muestran que hoy no existen las condiciones para construir algo significativo, sustancial o que pueda representar un antes y un después en la historia.
Trump muestra nuevamente que su gobierno es mucho ruido y nada más. Al salir de Francia, se fue con las manos vacías y sin ninguna promesa de apoyo; por el contrario, se enfrascó en una pelea con Giorgia Meloni, la primera ministra de Italia, mostrando una profundidad aún mayor en la zanja que los divide.
Sobre esta cumbre, fueron más populares los momentos bochornosos o las pequeñas conversaciones captadas por los micrófonos que alguna resolución del grupo, porque son resoluciones banales que existen porque es imposible construir algo más. Quizá esta cumbre sirva para darnos cuenta de que nos encontramos en un proceso que será largo, pero que muestra el inicio de la caída del imperio dominante del siglo XX.














