Durante los últimos días bajo el contexto de la inauguración del Mundial, comenzaron a circular fotografías de calles llenas de basura, plazas abarrotadas y espacios públicos convertidos en enormes depósitos temporales de vasos, envolturas y residuos de todo tipo. También se difundieron historias de aficionados extranjeros organizándose para recoger la basura que ellos mismos generaban. Las comparaciones fueron inevitables.
Mientras navegaba por las redes sociales y observaba las fotografías, y videos que se difundían, hubo algo más que me llamó la atención.
No vi a muchas personas preguntando si esa era una forma correcta de expresarse.
No vi a muchos ciudadanos quejarse porque se cerraron calles y se alteró la movilidad de miles de personas.
No vi a muchos indignados diciendo que los espacios históricos no deberían utilizarse para eventos masivos porque existen problemas más importantes que atender.
No vi a nadie preguntando quién iba a pagar los daños, la limpieza o los operativos.
Fue entonces que entendí que quizá el tema los 8M, o durante las manifestaciones de estudiantes o madres buscadoras, nunca ha sido la basura, tampoco han sido los cierres de calles; tal vez nunca ha sido el uso del espacio público.
Porque cuando una ciudad se paraliza por un partido de fútbol, solemos asumirlo como parte de la experiencia. Lo toleramos. Nos adaptamos. Incluso participamos.
Pero cuando quienes ocupan las calles son madres buscadoras, estudiantes, colectivos feministas o grupos ciudadanos que exigen derechos, entonces aparecen las mismas críticas de siempre.
Que afectan a terceros, que generan desorden, que dañan la imagen de la ciudad, que esas no deberían de ser las formas de manifestarse.
Y es curioso; porque la molestia parece no estar en la afectación, sino en la causa.
Seamos realistas, en nuestra sociedad doble moralista, no nos incomoda que se cierre una avenida; nos incomoda quién la está cerrando; no es que se ocupe un lugar público, es quien lo ocupa. Nos escandaliza que alguien utilice esas mismas herramientas para exigir algo que no compartimos o que preferimos ignorar.
Y eso dice mucho más de nosotros que de quienes se manifiestan.
Como sociedad hemos normalizado una especie de filtro invisible que determina qué molestias son aceptables y cuáles son intolerables.
Si la mayoría disfruta el evento, bienvenido sea cualquier inconveniente, porque se convierte en una anécdota; pero si, por el contrario, la causa pertenece a una minoría, entonces califiquémosla como una falta imperdonable.
Quizá por eso las imágenes de esta semana resultan tan reveladoras. No porque muestren basura acumulada después de una celebración. Sino porque exhiben algo que llevamos años acumulando como sociedad: nuestra capacidad de justificar aquello que nos gusta mientras condenamos exactamente lo mismo cuando viene de alguien más.
Y tal vez la verdadera limpieza pendiente no está en las calles.
Tal vez está en nuestras propias contradicciones.









