Cuando terminó el Mundial de Qatar en 2022, muchos pensaron que sería difícil encontrar una Copa del Mundo más costosa. Después de todo se había celebrado en uno de los países más ricos del planeta, un país construido sobre enormes reservas de gas natural, con una infraestructura moderna y recursos económicos prácticamente ilimitados.
Sin embargo, apenas cuatro años después millones de aficionados alrededor del mundo tienen una percepción distinta.
Este Mundial parece más caro, y no es una simple sensación.
Diversos análisis y organizaciones de aficionados han advertido incrementos importantes en el costo de boletos, paquetes de hospitalidad y gastos asociados al torneo. En algunos casos, las comparaciones con Qatar hablan de aumentos superiores al 300 por ciento.
La pregunta resulta inevitable ¿Cómo llegamos al punto en que una Copa del Mundo organizada parcialmente en México puede resultar más costosa para muchos aficionados que la celebrada en Qatar?
La respuesta no está únicamente en el precio de las entradas.
Está en todo lo que viene después.
El Mundial de 2026 será el más grande de la historia. Participan 48 selecciones, se disputarán 104 partidos y por primera vez, tres países comparten la organización.
Sobre el papel suena extraordinario, en la práctica significa otra cosa.
Más vuelos, más traslados, más hoteles, más cambios de sede y más gastos.
En Qatar una vez realizado el viaje, gran parte de la experiencia se concentraba en un territorio relativamente pequeño. Hoy un aficionado puede verse obligado a recorrer miles de kilómetros entre México, Estados Unidos y Canadá para seguir a su selección. La pasión sigue siendo la misma, la logística no y tampoco el presupuesto.
A ello se suma otro fenómeno que pocas veces se menciona, durante décadas, el mundial fue una de esas experiencias colectivas que prácticamente todo el país podía seguir desde casa, las familias se reunían frente al televisor y compartían la emoción sin necesidad de gastar más allá del recibo de luz.
Hoy quien quiera ver todos los partidos deberá recurrir a servicios adicionales de televisión o plataformas especializadas, incluso quedarse en casa tiene un costo.
Por supuesto, nadie está obligado a viajar, comprar un boleto o contratar una suscripción. Tampoco hay nada reprochable en que quien tenga los recursos económicos decida hacerlo.
El problema no es ese, la verdadera pregunta es si el deporte más popular del mundo comienza a alejarse de quienes lo hicieron popular.
Porque el fútbol nunca fue grande por sus zonas VIP.
Nunca fue grande por sus paquetes premium, nunca fue grande por sus áreas exclusivas. El fútbol se convirtió en el fenómeno deportivo más importante del planeta gracias a millones de aficionados que lo hicieron suyo en barrios, escuelas, parques y canchas improvisadas.
Por eso llama la atención que, mientras la FIFA presume cifras récord de ingresos, una parte de esos aficionados sienta que la experiencia mundialista se aleja cada vez más de sus posibilidades económicas. Quizá el negocio esté funcionando mejor que nunca.
La duda es si el aficionado promedio puede decir lo mismo, porque el fútbol sigue siendo el deporte del pueblo.
Lo que cada vez parece menos del pueblo es todo lo que cuesta vivirlo.
#QuéCosa!









