El nombre de esta columna es una frase que mi madre acostumbra decir desde hace muchos años y que con el paso del tiempo he aprendido a valorar cada vez más.
Durante buena parte de la historia de la humanidad, el gran desafío fue sobrevivir a las epidemias, guerras a la falta de medicamentos y enfermedades que hoy parecen controlables, las cuales impedían que millones de personas alcanzaran edades avanzadas, llegar a los 70 años era una excepción. Hoy es una realidad para millones de personas.
La ciencia hizo su trabajo, gracias a las vacunas, los antibióticos, los avances médicos y a una mejor calidad de vida, permitieron que la esperanza de vida en México supere los 75 años. Hace poco más de un siglo, apenas rondaba los 35. La longevidad es una de las grandes conquistas de nuestro tiempo, pero toda conquista genera nuevas responsabilidades.
México cuenta hoy con más de 17 millones de personas mayores de 60 años. Las proyecciones indican que esa cifra seguirá creciendo durante las próximas décadas. Lo mismo ocurre en Europa, Japón y prácticamente en todo el mundo desarrollado, nunca antes habían llegado tantas personas a los años de retiro.
Y ahí comienza una conversación que apenas estamos aprendiendo a tener.
Durante décadas nos preocupamos por cómo lograr que las personas vivieran más tiempo, hoy la pregunta es distinta. ¿Cómo vamos a vivir esos años que logramos ganar?
La respuesta no se encuentra únicamente en hospitales, medicamentos o programas sociales.
También se encuentra en la fortaleza de las instituciones y en la capacidad de una sociedad para cumplir los compromisos que asumió con sus ciudadanos.
Las personas construyen su vida tomando decisiones de largo plazo. Estudian, trabajan, forman una familia, adquieren un patrimonio y hacen planes porque creen que existe un marco estable que les permite proyectar el futuro. De otra manera, todo sería una apuesta.
Por eso la discusión sobre jubilaciones y pensiones merece algo más que cálculos financieros.
Detrás de cada retiro hay una historia personal, décadas de trabajo, aportaciones, sacrificios y decisiones tomadas bajo determinadas condiciones. Hay personas que organizaron su vida pensando en el futuro y que confiaron en que las reglas vigentes conservarían validez con el paso del tiempo.
No se trata de privilegios, se trata de seguridad jurídica.
El artículo 14 de nuestra Constitución establece que ninguna ley puede aplicarse retroactivamente en perjuicio de persona alguna. Más allá del lenguaje técnico, el principio es sencillo. Quien tomó decisiones conforme a las normas vigentes tiene derecho a esperar que esas decisiones sean respetadas. Esa garantía no sólo protege patrimonios, también protege proyectos de vida.
Porque cuando una persona ahorra, cotiza, trabaja durante décadas o construye un patrimonio familiar, lo hace pensando que el esfuerzo realizado hoy, tendrá consecuencias mañana. Eso no significa ignorar los desafíos que enfrentan las nuevas generaciones.
Al contrario, sería irresponsable hacerlo.
Millones de jóvenes enfrentarán sistemas de retiro distintos a los de sus padres y abuelos, muchos difícilmente alcanzarán una pensión suficiente. Otros dependerán de esquemas de ahorro que todavía resultan insuficientes para garantizar tranquilidad durante la etapa de retiro.
Esa realidad exige respuestas inteligentes. La solución, sin embargo no está en enfrentar generaciones, no está en presentar a los jubilados como un problema, ni a los jóvenes como una carga futura.
La verdadera tarea consiste en construir un sistema capaz de respetar los derechos adquiridos de quienes recorrieron el camino bajo determinadas reglas y al mismo tiempo, ofrecer oportunidades reales a quienes vienen detrás. Porque el envejecimiento de la población no es solamente un desafío financiero, es también un desafío social. Habrá que fortalecer los sistemas de salud, mejorar la movilidad, adaptar las ciudades y preparar instituciones capaces de responder a una población cada vez más longeva.
Pero también habrá que proteger uno de los activos más valiosos de cualquier sociedad, la convicción de que el esfuerzo tiene sentido, que la responsabilidad vale la pena y que el futuro puede construirse sobre algo más sólido que la improvisación.
Quizá por eso sigo pensando en aquella frase, una frase sencilla que resume una manera de entender la vida.
"Yo planeé mi vejez."
Y quizá la grandeza de una sociedad pueda medirse, entre otras cosas por su capacidad para respetar a quienes hicieron exactamente eso.
#QuéCosa!
Con gratitud a mi madre, Sonia Habib Banet.









