Al parecer fue el neurólogo John Hughlings Jackson, quien dijo que “La civilización inició cuando alguien decidió lanzar un insulto en lugar de lanzar una piedra” La resolución de conflictos a través del diálogo abrió un espacio para la reflexión, la prudencia y la mejora de las relaciones evitando lesiones y maltratos. Sin embargo, siempre quedan espacios para el enfrentamiento, en las personas siempre hay un lado beligerante que nos impulsa a maltratar a alguien físicamente. Así que en determinado momento se presentó la condición de poderlo maltratar bajo ciertas reglas establecidas, y lo llamamos deporte.
Entre esas reglas establecidas se consideraban temas de honor, justicia e igualdad especialmente para uno de los deportes más difíciles que era (y sigue siendo) el boxeo. Hubo entonces otro tipo de competencias que en el pasado ya se utilizaban como práctica para el combate como lo eran la carrera de velocidad, la lucha libre, el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina. Los deportistas competían para representar el poderío de su país venciendo a los representantes de otras naciones. De esa manera se establecía hasta cierto punto la supremacía entre los países demostrando quiénes eran más rápidos, más fuertes o certeros.
Después de tantos años la globalización alcanzó hasta esos principios que solían distinguir a los deportes, incluso los sistemas de producción y consumo estiraron sus brazos para dominar el ámbito financiero que rodea al deporte. Se hizo relevante el espectáculo sobre la destreza, la ganancia sobre la justicia, el pago por evento sobre la satisfacción de la afición. Hoy el talento compite con la mercadotecnia, ahora había que ser atlético, gustarle a la cámara, contar con solvencia para cubrir gastos de promoción y visorias. Hoy día me cuesta trabajo encontrar honor en ciertas prácticas de combate donde se permite aniquilar al oponente cuando está en el piso, indefenso y prácticamente inconsciente.
El tema del futbol se volvió muy complejo. Un deporte que se juega en prácticamente todo el mundo con aficiones muy apasionadas que practican y consumen habitualmente cualquier producto o servicio que sea derivado de ese deporte, habrá que ver nada más el revuelo que ha causado llenar el bendito álbum de estampas (emoji con persona golpeándose la frente). Con seguidores tan cautivos las ganancias suman cantidades inmensas. Las apuestas, el manejo de marca personal, patrocinios, transmisiones y mercancía relacionada generan un mercado gigante para beneficio de un sector exclusivo. Además de inversionistas que compran permisos y derechos sólo por cubrir un capricho de su nación (Catar 2022, quienes por cierto clasificaron para este 2026).
La clasificación al mundial de futbol se hace por países, así como la asignación de sedes, pero ya no existe esa representación por mi nación. Ahora existe la selección mejor armada sin importar el origen de sus integrantes. Esta justa mundialista cuenta con 289 futbolistas que representan a una selección distinta de su país de origen. 40 de las 48 escuadras cuentan con al menos un jugador nacido en el extranjero o naturalizado. Francia aportará más de cien futbolistas al torneo, defendiendo los colores de trece países distintos. México contará con cinco jugadores nacidos en otros países.
Ya no veo la representación del país, ya no veo los beneficios para las naciones sede, ya no veo la igualdad en términos de competitividad. Lo más nacionalista que tendremos es un aficionado yendo a casa en un auto coreano para ver su televisión japonesa en un sillón italiano con cerveza de los países bajos con goles de un argentino que viste una playera hecha en china con colores de México.
Reconozco que es una visión poco halagadora para el balompié, sin embargo, aplaudo la pasión, el enfoque de entretenimiento, la diversidad de opiniones. Este mundial trae consigo temas diversos que convergen en un crisol de emociones multifactoriales, no todas justificadas, no todas con soluciones prácticas, no todas con manifestaciones inocuas. Representa un momento histórico, un momento de goce para sus seguidores, un momento de adrenalina constante, de placer intermitente, de nostalgia anticipada. Y habrá momentos de gloria, euforia, desesperación, llanto y de profunda tristeza.
Ojalá que los conflictos armados que hoy aquejan a nuestra esfera azul queden fuera de la batalla en la cancha. Que los protagonistas se concentren en la portería y no en lastimar a las personas. Mi mayor deseo es que toda esa energía, fuerza y habilidad se combine para ofrecer a los aficionados una demostración de cultura de trabajo conjunto, tolerancia a la diversidad de ideologías, ejemplo de juego limpio y respeto al contrincante.
Vamos por la misma copa, diferente sueño.









