Hace más de 2,400 años, Sócrates fue condenado a muerte por hacer preguntas. No por encabezar una rebelión, no por tomar las armas ni por intentar derrocar a nadie. Su falta consistió en cuestionar las ideas aceptadas de su tiempo y obligar a otros a reflexionar sobre ellas.
La historia avanzó, pero la incomodidad que provocan las ideas sigue siendo sorprendentemente parecida.
Siglos después, pensadores como John Locke, Voltaire, John Stuart Mill y George Orwell contribuyeron a construir uno de los principios fundamentales de las sociedades modernas. La idea era sencilla, ninguna persona, gobierno o institución posee el monopolio de la verdad.
De esa convicción nació la libertad de expresión.
No como un privilegio reservado para periodistas, políticos o intelectuales, sino como el derecho de cualquier persona a expresar lo que piensa, defender lo que cree, cuestionar aquello con lo que no está de acuerdo y participar libremente en la conversación pública.
La libertad de expresión no fue creada para proteger las opiniones populares, esas rara vez necesitan protección. Su verdadero sentido aparece cuando ampara las ideas incómodas, las críticas que incomodan las opiniones que contradicen a la mayoría y los argumentos que obligan a revisar nuestras propias certezas, quizá por eso sigue siendo un derecho complejo.
A lo largo de los años he observado una paradoja que se repite con frecuencia. Muchos defienden la libertad de expresión cuando necesitan ejercerla, pero comienzan a verla con otros ojos cuando les toca recibirla. La crítica suele parecer indispensable cuando apunta hacia otros, cuando cambia de dirección, comienza a interpretarse como exageración, injusticia o incluso agresión.
Sin embargo, una sociedad sana necesita algo más que aplausos, necesita ideas, necesita debate, necesita discrepancia.
Necesita personas dispuestas a decir lo que piensan, aun cuando esa opinión no resulte popular o conveniente.
George Orwell escribió que la libertad consiste en poder decirle a la gente lo que no quiere escuchar, más de medio siglo después la frase conserva una vigencia extraordinaria. Pero la libertad de expresión también exige responsabilidad,
la crítica no debería ser castigada, tampoco debería convertirse en mercancía.
Su valor no depende del miedo que provoque, sino de la verdad que aporte.
Con frecuencia se presta más atención a quien genera más ruido que a quien ofrece mejores argumentos, se recompensa más la capacidad de provocar conflicto que la capacidad de generar reflexión y en ese proceso todos perdemos.
Pierde la sociedad cuando deja de escuchar voces serias, pierde el servicio público cuando confunde la crítica con la enemistad y pierde el periodismo cuando sustituye la credibilidad por la estridencia.
La crítica responsable cumple una función que pocas veces se reconoce. Actúa como un sistema de alerta temprana, permite detectar errores, señalar riesgos y observar aquello que desde una oficina, una redacción o cualquier posición de responsabilidad puede dejar de verse.
Por eso las sociedades libres suelen ser ruidosas. Hay opiniones encontradas, desacuerdos, críticas y debates a veces resultan incómodos, a veces incluso molestan.
Pero ese ruido es preferible al silencio, porque las sociedades no se empobrecen cuando la gente habla, se empobrecen cuando deja de hacerlo.
No avanzan cuando todos piensan igual, avanzan cuando existe espacio para disentir, debatir y expresar ideas sin miedo.
La libertad de expresión no garantiza que siempre tengamos razón, garantiza algo más importante.
Que nadie tenga el derecho de decidir quién puede decirla.
#QuéCosa!














