Hace algunos años escuché a alguien decir que los cumpleaños eran una celebración extraña. Según su lógica, lo que realmente estábamos festejando era haber sobrevivido otros trescientos sesenta y cinco días sin que el mundo acabara con nosotros. La idea me pareció divertida, aunque incompleta. Con el paso del tiempo descubrí que cumplir años no tiene tanto que ver con cerrar un ciclo, sino con algo mucho más emocionante: abrir uno nuevo.
Tal vez por eso nunca he entendido del todo la tristeza que algunas personas sienten cuando se acerca la fecha de su cumpleaños. Entiendo las preocupaciones que llegan acompañadas de los números, las canas que aparecen sin pedir permiso, las rodillas que empiezan a negociar cada movimiento y la inevitable comparación entre aquello que soñábamos ser y aquello que realmente somos. Pero incluso con todo eso sobre la mesa, sigo creyendo que hay algo profundamente inspirador en iniciar una nueva vuelta al sol. Porque eso es exactamente lo que ocurre. No estamos celebrando que terminó un año. Estamos celebrando que empieza otro.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia por completo la perspectiva.
Cuando termina un año calendario solemos mirar hacia atrás. Revisamos errores, aciertos, promesas incumplidas y metas aplazadas. Pero cuando llega un cumpleaños ocurre algo distinto. Es como recibir un cuaderno nuevo sin haber terminado de llenar el anterior. Todavía quedan páginas en blanco. Todavía existen historias que escribir. Todavía hay espacio para convertirse en alguien que ayer no éramos.
Quizá por eso me gusta pensar que los cumpleaños tienen algo de ritual secreto. Una especie de pausa obligatoria donde el alma se sienta frente al espejo y pregunta con honestidad:
—¿Qué aprendiste?- Y después de escuchar la respuesta vuelve a preguntar:
—¿Qué harás con eso?
Hay quienes reciben regalos envueltos en papel brillante. Otros reciben mensajes, llamadas o abrazos. Algunos incluso reciben silencios. Y aunque parezca extraño, con los años he aprendido que todos tienen algo que aportar.
Las personas que permanecen nos enseñan el valor de la compañía. Nos recuerdan que somos importantes para alguien. Que nuestras ausencias se notan y nuestras presencias también. Que existe gente capaz de celebrar nuestras pequeñas victorias como si fueran propias.
Pero también están quienes se alejaron. Los que alguna vez caminaron a nuestro lado y después tomaron otra dirección. Los que llegaron para enseñarnos algo y luego desaparecieron.
Durante mucho tiempo pensé que su partida representaba una pérdida. Hoy no estoy tan seguro. Hay ausencias que terminan convirtiéndose en maestras pacientes. Nos obligan a descubrir recursos que no sabíamos que teníamos. Nos enseñan a soltar. Nos muestran que el afecto no siempre se mide por permanencia.
A veces una persona aporta más con su retiro que con su presencia. Y aunque duele reconocerlo, también merece gratitud.
Cumplir años me ha enseñado que la vida no se construye únicamente con quienes se quedan. También se construye con quienes se van, con quienes decepcionan, con quienes inspiran, con quienes desafían nuestras certezas y con quienes aparecen justo cuando pensábamos que ya habíamos entendido todo. Porque nunca terminamos de entenderlo todo. Afortunadamente.
Imagínese por un momento despertar el día de su cumpleaños y descubrir que ya no tiene nada por aprender. Que todas las preguntas fueron respondidas, todos los caminos recorridos y todos los misterios resueltos. Sería terrible. El asombro es uno de los motores más nobles que tenemos.
Por eso me gusta romantizar el inicio de una nueva vuelta al sol. Me gusta pensar que en algún lugar de los próximos trescientos sesenta y cinco días existe una conversación capaz de cambiar una vida, una canción que todavía no escuchamos, una amistad que aún no comienza, un error que terminará enseñándonos algo valioso y una versión más sabia de nosotros mismos esperando ser encontrada.
No sé cuántas vueltas más me tocará dar alrededor del sol. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero mientras exista una más, pienso recibirla con gratitud. Gratitud por quienes permanecen. Gratitud por quienes partieron. Gratitud por las cicatrices que se quedaron y por las heridas que finalmente cerraron. Porque cumplir años no es celebrar que resistimos un año más. Es reconocer que todavía tenemos la oportunidad de construir uno nuevo.
Y mientras las velas se apagan y el calendario vuelve a comenzar, algo silencioso ocurre en nuestro interior: se derriban algunos muros, se abren ventanas que llevaban años cerradas y el corazón, como una casa antigua en remodelación, vuelve a llenarse de luz para recibir los próximos trescientos sesenta y cinco días.
¡Vida! Nunca se está listo del todo, pero hoy más que estar listo, estoy entusiasmado. Vamos por la dicha de vivir sin miedo, ¡Vamos por esa vuelta al sol!
P.D. Feliz cumpleaños papá y a mi gemela Adriana














