"La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes." Martin Luther King Jr.
La vida es una batalla, siempre lo ha sido. No la batalla heroica de los libros de historia, sino la otra, la de todos los días: la de levantarse y buscar el pan, la educación para los hijos, la certeza de que al cruzar la calle se regresa. Para librar esa batalla, los hombres inventaron algo que en sus mejores momentos es admirable: se organizaron, se pusieron de acuerdo, dijeron tú administra, yo produzco, entre todos sostenemos esto. Y así nació el poder público, esa promesa colectiva de que juntos podemos lo que solos no podemos.
Pero hay un momento exacto en que todo se tuerce, y ese momento tiene un nombre preciso aunque nadie quiera pronunciarlo: la ineptitud. No siempre la maldad, no siempre el robo descarado —aunque también—, sino algo más silencioso y más devastador: el hombre o la mujer equivocados en el lugar equivocado, administrando lo que no entienden, decidiendo lo que no conocen, gobernando lo que no merecen. Ahí, en ese instante, la promesa colectiva se convierte en deuda, en miedo, en injusticia servida puntualmente a quienes menos pueden pagarla.
Los ilustrados de 1789 ya lo sabían. Lo escribieron con una claridad que da vergüenza ajena comparada con lo que tenemos: todo ciudadano tiene derecho igual a ocupar un cargo público, sí, pero con una condición que lo cambia todo —su capacidad, su conocimiento, su virtud. No su apellido. No su lealtad al que manda. No su habilidad para sonreír en los espectaculares. Su capacidad. Su virtud. Dos palabras que en doscientos años no hemos terminado de aprender.
Porque cuando el poder público está en manos de los mejores, de los que demostraron serlo mediante procedimientos que cualquiera puede verificar y cuestionar, entonces algo extraordinario ocurre: los derechos dejan de ser promesas y se vuelven hechos. El derecho al mejor gobierno posible. El derecho a la igualdad real en el acceso a los cargos. El derecho a que la justicia la imparta alguien que sabe de justicia.
El costo de la ineptitud lo pagamos todos, con la moneda más cara que existe: con la vida que no pudimos vivir mientras alguien que no debía estar ahí ocupaba el lugar de quien sí podía servirnos a todos como pueblo.














