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Pensemos Juntos


El peligro que no habla
Por Manuel Smith Vázquez | 26 Mayo, 2026 | 06:30 h
Opinión
jose martí

 
"El político que no dice nada no representa a nadie; simplemente ocupa un lugar que le pertenece a otro." — José Martí

Solemos temer al político corrupto que roba con descaro, al que miente con elocuencia, al que traiciona con argumentos elaborados. Y hacemos bien en temerle. Pero hay una figura más peligrosa, más silenciosa y más extendida que todas esas: el político que simplemente no dice nada.
No el que calla por prudencia momentánea. El que calla por sistema. El que aprendió, con la mansedumbre del que ha encontrado su nicho, que el silencio es la forma más segura de ascender en ciertos ecosistemas del poder. Que la cúpula no premia el pensamiento propio: lo tolera apenas, cuando no lo castiga. Que el brazo que se levanta con disciplina ciega vale más, en esa lógica perversa, que la voz que razona, que duda, que propone, que disiente.
Así se fabrican las marionetas. No con amenazas siempre, ni siempre con dinero. A veces simplemente con la promesa de continuidad: calla, obedece, levanta el brazo cuando te lo indiquen, y tendrás tu lugar. Tu dieta, tu fuero, tu fotografía en la gaceta oficial. Tu pequeña parcela de poder prestado.
Pero hay algo que esa transacción no menciona en letra pequeña: que ese brazo que se levanta no es el del político, ciertamente. Pero tampoco es el del pueblo que supuestamente representa. Es el brazo de otro, ejercido a través de un cuerpo que renunció a tener criterio propio.
Lo político y lo social están unidos por un tejido que no es el voto ni el cargo: es el lenguaje. La comunicación. La capacidad de nombrar lo que ocurre, de articular una idea sobre el mundo común, de defender una posición con argumentos que soporten el escrutinio público. Sin esa capacidad, o sin la voluntad de ejercerla, la representación popular es una ficción bien vestida.
Un pueblo se constituye como tal porque comparte un lenguaje, una conversación, una disputa permanente sobre lo que quiere ser. El político que no participa en esa conversación —que no defiende nada, que no nombra los males, que no incomoda a nadie con verdades incómodas— no representa a ese pueblo. Lo sustituye. Ocupa el espacio donde debería haber una voz y pone en su lugar un silencio conveniente para otros.
No hay traición más elegante ni más impune que esa.
El político peligroso no siempre grita. A veces, simplemente, nunca dijo nada.


*SFQ

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