Hay una frase que escuchábamos antes y que hoy parece casi antigua.
“No se trata de reprobar por reprobar” Y era verdad.
Muchos crecimos escuchando a maestros y abuelos decir algo muy simple. Nadie debía pasar al siguiente año sin haber aprendido lo básico del anterior. No por afán de castigar alumnos, sino porque avanzar sin entender era condenarlos a cargar vacíos cada vez más grandes.
El problema es que hoy pareciera que el sistema funciona exactamente al revés.
En los últimos años, México ha flexibilizado cada vez más los criterios de evaluación en educación básica, la intención en el discurso suena noble. Evitar exclusión escolar, reducir abandono y mantener a los estudiantes dentro del sistema educativo.
Nadie quiere niños expulsados del sistema, nadie quiere condenar a un estudiante por problemas familiares, económicos o emocionales. El problema comienza cuando la permanencia sustituye al aprendizaje.
Entonces aparece una realidad incómoda.
Niños que avanzan de grado sin comprender lectura básica, jóvenes que llegan a secundaria con enormes deficiencias en matemáticas. Estudiantes que aprenden a “pasar” materias pero no necesariamente a entenderlas.
Y claro, la culpa no puede caer solamente sobre los maestros.
Muchos simplemente ya no se dan abasto.
Salones saturados, problemas emocionales cada vez más complejos. Presión administrativa absurda, padres ausentes o agotados. Distracciones digitales permanentes y muchas veces una realidad difícil de aceptar. Hay hogares donde la tableta, el celular, TikTok o YouTube terminaron ocupando parte del espacio que antes tenían las conversaciones, la supervisión y hasta la educación cotidiana.
Antes el maestro hacía todo para que el alumno no reprobara, hoy pareciera que el sistema hace todo para que nadie pueda reprobar.
Y aunque suenen parecido, no es lo mismo. Antes existía exigencia había regularización, presión académica, acompañamiento y responsabilidad. Hoy, muchas veces solamente existe el trámite de mover alumnos de un grado a otro para evitar conflictos, malos indicadores o desgaste administrativo.
Pero además ocurrió otro cambio del que casi nadie quiere hablar.
Antes el maestro competía contra la distracción normal de un salón de clases, hoy compite contra plataformas diseñadas para capturar la atención de un niño cada pocos segundos.
TikTok, videos rápidos, estímulos constantes y gratificación inmediata.
Justo lo contrario a lo que exige aprender.
Aprender requiere paciencia, repetición, disciplina y hasta frustración y eso no cabe fácilmente en una pantalla de quince segundos.
Ahí está quizá una de las contradicciones más grandes de esta época.
Queremos jóvenes preparados para competir en un mundo complejo, mientras los acostumbramos desde niños a consumir información en fragmentos cada vez más breves.
Incluso la discusión pública parece haber cambiado de fondo.
De pronto el debate educativo gira alrededor de reducir calendarios escolares por el calor, por ajustes administrativos o por eventos extraordinarios como el Mundial y sí, algunos argumentos pueden tener lógica. El calor en muchas regiones es brutal y existen escuelas sin infraestructura mínima.
Pero resulta preocupante que el país discuta cada vez más cómo disminuir desgaste alrededor del calendario y cada vez menos cómo recuperar aprendizaje.
El rezago no desaparece, solo se acumula. Llega un momento en que muchos jóvenes ya no entienden realmente qué pasó, simple mente dejaron de comprender desde años atrás.
Entonces aparece otra trampa moderna.
Confundir inclusión con simulación.
Ayudar a un alumno no significa fingir que aprendió lo que no aprendió, tampoco significa etiquetarlo como fracaso. Significa acompañarlo, exigirle, nivelarlo y darle herramientas reales para avanzar.
Lo demás es maquillar estadísticas.
Y tarde o temprano eso termina pasando factura.
Se nota en universidades que tienen que dar cursos remediales de lectura. En empresas que encuentran jóvenes incapaces de redactar correctamente un correo, en profesionistas con títulos pero enormes vacíos de formación.
Sí, el tema es incómodo.
Hablar de exigencia educativa hoy parece políticamente incorrecto. Cualquier intento de disciplina académica rápidamente se interpreta como dureza, elitismo o falta de sensibilidad.
Pero quizá la verdadera falta de sensibilidad sea otra.
Hacer creer a un niño que está preparado para el siguiente nivel, cuando en realidad el sistema lo dejó solo desde mucho antes.
Porque tarde o temprano la vida termina aplicando el examen que el sistema decidió evitar.
#QuéCosa!














