Se ha hablado mucho, y no tan bien, de los docentes. Que si son perezosos porque a cada momento interrumpen clases. Que si son escandalosos en las calles. Que si tratan de forma desconsiderada a los alumnos. ¡Claro! También hay voces de agradecimiento que ensalzan su labor y reconocen su granito de arena en la formación de los hijos.
¿Cuál será el justo medio? ¿En qué momento podemos decir que son necesarias sus consignas en las calles y que es bastante su rigor en las aulas? Es una posición verdaderamente compleja ya que su desempeño es subjetivo. Se requiere de una habilidad especial para entender los intereses de tantos alumnos y diseñar estrategias atractivas para motivar cada una de esas inquietudes. Si en su mayoría son aprobados los alumnos, no necesariamente significa que todos aprendieron. Hay algunos que sólo son buenos respondiendo exámenes. Otros más se adaptaron al sistema y logran conseguir la aprobación de sus profesores.
A los docentes se les ha asignado una cantidad importante de funciones. Algunas reales y necesarias, algunas ficticias e idealistas y otras sin sentido y francamente absurdas. Lo triste es que algunos de ellos han sufrido consecuencias funestas. Los padres de familia han rebasado líneas físicas y morales para herir, difamar e incluso desvivir a los profesores. Los alumnos se han enfrentado a golpes a maestros y maestras, e incluso utilizan armas tan destructivas como videos del profesor discutiendo con un alumno, retirando el contexto, sensacionalizando la conducta, exhibiendo una “falta de carácter” de los docentes. Desafortunadamente ya escuchamos casos en que alumnos utilizan armas de fuego con aciagos resultados. Hoy, como nunca, se presentan casos de docentes renunciando a su plaza (inaudito), ya sea por agotamiento laboral o por falta de garantías en su integridad física.
Ojalá el desarrollo científico estuviera ligado al progreso de la sociedad. Ojalá los avances en medicina vinieran acompañados de sistemas que garantizaran la atención en todos los niveles socio económicos. Ojalá los contenidos y la estructura curricular estuvieran al mismo nivel de los adelantos tecnológicos. Podríamos empezar por ponernos de acuerdo no solamente en el calendario escolar, sino en las razones por las cuales se deciden los días lectivos y de vacaciones.
Si el mundo ya no es lo que era hace diez años, mucho menos lo que era hace treinta y además será completamente diferente dentro de tres ¿Por qué insistimos en seguir enseñando de la misma manera? Estoy seguro que alguien que se inscribió a alguna licenciatura el año pasado, se dará cuenta (dentro de cuatro años que la concluya) que ya no es tan relevante su carrera por las innovaciones en distintos ámbitos laborales. Lo que entendemos como asignatura no existe, sólo hay maneras académicas de adecuar las cosas (Robinson, 2015)
Las funciones que no deberían cambiar en los docentes son las mismas cuatro que compartió Sir Ken Robinson (Escuelas creativas, 2015). La primera es motivar. Se requiere mostrar diferentes perspectivas acerca de un mismo tema para generar curiosidad en sus alumnos y sean ellos mismos quienes decidan participar en el proceso de enseñanza-aprendizaje. La segunda es facilitar el aprendizaje. Entender cuales son las Barreras para el Aprendizaje y la Participación. Diseñar la clase considerando el “qué”, el “cómo” y el “por qué”, para que el alumno tenga opciones de acercamiento, compromiso, comprensión, expresión y acción. La tercera es Tener expectativas. Es de suma importancia mantener las expectativas que le hagan sentir al alumno su valía, su visibilidad, que sepa que estamos esperando lo mejor de él no porque esté escrito en la planeación, sino porque los conocemos y sabemos que su capacidad está en etapa de desarrollo. La cuarta es capacitar a sus alumnos para creer en sí mismos. Evitar colocarle etiquetas negativas y permitirle reconocer su desempeño, mediante el autoanálisis, la observación de resultados y la adecuación de sus conductas.
No queremos tener mártires en la educación. Preferimos tener mentores que moldeen nuestro modelo de pensamiento y nos hagan encender esa llama interna que nos impulsa a adquirir conocimientos y desarrollar habilidades que nos permitan aportar algo bueno y tangible para nuestra comunidad.
Reconozcamos la labor de los maestros y maestras con respeto y consideración. Hagamos un poco de conciencia para revisar si como padres estamos cumpliendo con nuestro rol en el proceso de enseñanza aprendizaje, o sólo somos espectadores que critican el desempeño de quienes están en el escenario. Seamos promotores de comunidades comprometidas con la educación y el desarrollo integral de los alumnos. Evitemos sólo narrar lo que pasa y actuemos para modificarlo. Y es que estamos tarde. No lo digo yo. Es la estadística, es la erosión del tejido social, son las formas accidentadas y tardías de generar bienestar en las personas las que nos dicen que ya vamos tarde. La “A” ya pasó…ahí viene la “E”.









