Recuerdo con cariño mi primer Parlamento Juvenil. Tenía tantas ganas de participar que, mientras corría el proceso de selección, iba en mi bicicleta al Congreso y, estando frente a él, decía: “Al Congreso llegaremos”.
La primera vez participé en un Parlamento en el Senado. Salí por Reforma y, entre lágrimas, pensaba: he encontrado el motivo de mi vida.
Para un joven solitario, que no era el mejor deportista, popular o aplicado, la política era mi oportunidad de pertenecer a algo más grande que yo. Una lucha por lo social, por lo público, una lucha por la humanidad.
Después de mucho trabajo, hoy vivo constantemente, días en los que estoy en el Senado y camino por Reforma. He de admitir que la fascinación ha disminuido. Y frente a las aspiraciones personales, luchas de poder e intereses, a veces me pierdo y me pregunto: ¿por qué estoy haciendo lo que hago?
Ahí intento recordar cuando era niño, viendo las marchas por la desaparición de los normalistas, el reclamo por un gobierno humano y a un país entero vibrando en lucha.
En ese momento, para mí el Congreso no significaba poder, dinero o estatus. Significaba el medio por el cual la lucha, que se hacía en las calles, pudiera darle justicia al pueblo que la pedía y necesitaba.
Somos los jóvenes universitarios que hoy venimos al Congreso, el resultado de quienes hace años fueron reprimidos en las marchas; de los abuelos y padres que nos dieron oportunidades con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente. Pero a veces perdemos el rumbo, pensando que se trata de ellos contra nosotros, cuando el objetivo debería ser todos contra el hambre.
Por eso digo a los que no tienen hambre. Que pueden sentarse en las aulas y que no tienen frío.
Cuando perdamos el rumbo, lo encontraremos en el servicio. Cuando nos aburran los números, será tiempo de mirar las historias. Cuando el dinero y lo superficial deje de llenarnos, luchar por la humanidad volverá a darnos vida y nos hará libres. Cuando la iniciativa privada nos rechace, debemos recordar que siempre habrá un pueblo que nos necesita y al que podemos servir.
Resulta mundano pensar ¿cómo reducir costos de una empresa? mientras los niños siguen pidiendo dinero en las calles y no están en las escuelas.
Mientras los sueños se nublan bajo el yugo de la violencia y el esfuerzo es limitado por la crueldad de las condiciones.
Mientras el mañana produce más miedo que esperanza.
El sufrimiento, como constante en la vida, no es normal. Y debe ser una prioridad del Estado combatirlo. Pero también de todos nosotros, porque el cambio también está en nosotros.
La política, aunque sea un trabajo desprestigiado, por más compleja que sea, siempre habrá nacido de la humanidad, de la empatía y del amor por el prójimo.
En un mundo donde el mal parece ganar todos los días, luchar contra el sufrimiento nos hará formar parte de esa historia en la que, al final, el bien vence.
Cuando perdamos el rumbo, sepamos que el camino está en trabajar para que llegue la luz a quienes hoy lloran la noche.
En honor a los muertos de nuestra felicidad, y por la esperanza de quienes mañana se cubrirán con la sombra de los árboles que plantamos, no perdamos nunca esa inocente intención de cambiar el mundo, porque es una intención que nace del amor.
Y “No hay más gloria que morir de amor”.
* Discurso pronunciado el 11 de mayo en la Cámara de Diputados.














