Hay días que las palabras muestran timidez. Se esconden entre estrofas que ya han sido recicladas; otras veces mandan monosílabos en su nombre; otras más simplemente no llegan a la cita. Hoy es un día de esos. Es probable que al tratar de hablar de nuestra progenitora la vista se nubla, el corazón cavita y la lengua se congela, provocando que las palabras se confundan y no hay forma de encontrar las adecuadas.
Hace algunos años podíamos ver a madres estrictas, preocupadas por criar hijos con buenos modales, que saludaran, que se acomidieran, que respetaran a sus mayores. De a poco empezamos a ver las mismas madres preocupadas por la marca de la ropa, por la foto, por la apariencia. Motivar la construcción de disciplina en los hijos requería de entender que a través del cuerpo se desarrolla el carácter, pues este requiere de mover, cargar, rendir para realizar las actividades que revelan disciplina. Pero hoy vemos con desazón que la creación de contenido se volvió más relevante que el cultivo del cuerpo y las buenas maneras.
Pero no intento decir que unas madres sean mejores que otras, sólo subrayo que los tiempos se modificaron y que las dinámicas sociales nos obligan a adaptarnos a un ritmo en aceleración constante y progresiva. No será fácil ajustar las formas cuando competimos con una hiperestimulación que además es omnipresente.
Sería lindo que de cuando en cuando halagáramos a esa cabecita color rojo cobrizo esmeradamente renovado. Yo la busco, la persigo, pero tiene su propio tren de actividades. Se niega a dejar de asistir a su empleo, se convence de que es estrictamente necesario seguir siendo responsable. Y yo la atosigo con mis temas mientras ella sigue arreglando aquí y allá interrumpiendo a veces con un “¿le cerré a la llave cuando regué las plantas?”. No para. No se detiene. Termina el día despidiéndome. Si regreso a casa es “que te vaya bien, llegas a acostarte”. Si me quedo un poco más es “los dejo, me voy a acostar”. Tiene prisa por llegar, aunque de ahí no se mueva y otras veces tiene prisa por no estar, aunque llegar nunca pueda.
Abraza a tu madre. Si la tienes hoy y está cerca, no la olvides. Somos muchos que evitamos 25 minutos de baches para ir a visitarla, mientras otros, aunque quisieran no podrán estar en su presencia. Tenerla sana, sonriente y con energía es una de las más grandes bendiciones. Cuando vayas a verla, por favor, no intentes educarla. No trates de que comprenda que ese alimento es alto en fructuosa que es diferente a la glucosa y que sirve para otra cosa. Únete a su movimiento, creando una coreografía que se mueva a su ritmo, a su compás, que se adapte a su óptica, aprende su lenguaje y crea un momento increíble para ella. De verdad no le pongas tantos límites, al menos no en un día.
“El beso que negaste, ya no lo, puedes dar” decía María Grever en su famosa “Cuando vuelva a tu lado”. Y vierte una verdad gigante ante nuestros oídos. Aquellos días que decidiste quedarte en casa en lugar de ir a visitarla, piensa en los besos que jamás podrás darle. No pierdas esas oportunidades.
Hay personas que no celebrarán de la misma manera este día de las madres. Lo harán con un ramo de flores frente a una modesta estructura de cemento con nombres, fechas y dedicatorias que vuelven a doler en el alma. No se verá reflejada su mirada en esos enormes ojos cafés, sino que se perderá en el cielo cuando levanten la vista en la hiperextensión del cuello. Recordarán su magia, su risa, su empeño y hasta su mal carácter.
Hay madres jóvenes que estarán trabajando porque no hay mucho tiempo para celebrar cuando son ellas proveedoras y administradoras. Aquellas que se parten en rebanadas para rendir en dos empleos igual de injustos. Son quienes lloran con gritos ahogados y maquillajes desvanecidos entintando sus manos. Para ellas no hay descanso. Para ellas no hay consideraciones ya que “ellas eligieron”, como si la contraparte les hubiera dado esa oportunidad.
Y también hay hijas que son madres y que se reinventan cada día por salir adelante con la gracia de sus hijos. Son dichosas gozando de la presencia de sus vástagos.
A todas esas mamás que en esta misma semana se despedirán de un hijo, que se reconciliaron con alguno de ellos, que regresarán del viaje en compañía de sus hijas, que vivirán injusticias por parte de su propia familia, que ostentarán por primera o segunda vez el título de madres, que verán sus hijos elevarse con un nuevo empleo o que verán desmoronar su futuro por un diagnóstico nada inocuo, les mando mi cariño, mi respeto y mi reconocimiento. Que mi madre esté mejor de su salud y tu mamá también.









