"Ninguno de nosotros es tan inteligente como todos nosotros juntos." — Kenneth Blanchard
Hay saberes que se transmiten en el aula y saberes que simplemente se suponen. Se supone que el niño aprenderá a dividir, a conjugar verbos, a identificar los ríos de un mapa que ya no existe. Pero nadie supone —o nadie se ocupa de garantizar— que ese mismo niño aprenda algo infinitamente más urgente: cómo ponerse de acuerdo con otro ser humano para resolver un problema común.
Esa omisión no es inocente. Es, acaso, la más costosa de todas.
México es un país de individuos extraordinarios y de colectivos disfuncionales. Paradoja que asombra al forastero y que el nativo ha dejado de ver, como se deja de ver el color de las paredes de la casa propia. Somos capaces de prodigios personales —la resistencia, el ingenio, la lealtad feroz al círculo íntimo— y sin embargo nos disolvemos en el caos apenas intentamos actuar juntos más allá de la familia o el compadrazgo. La organización social, ese arte delicado y poderoso, nos resulta extraña como un idioma que nunca estudiamos porque nadie consideró necesario enseñárnoslo.
Y no lo consideraron necesario por razones que conviene nombrar sin eufemismos: un pueblo que sabe organizarse es un pueblo que sabe exigir. Y un pueblo que sabe exigir es, para ciertos poderes, un pueblo incómodo. La ignorancia cívica no es solo descuido; a veces es política.
Borges escribió que el olvido es una forma de la memoria. Podríamos agregar que ciertas ausencias en el currículo son una forma del control. No se prohíbe la organización ciudadana: simplemente no se enseña. Y lo que no se enseña no se practica, y lo que no se practica no se domina, y lo que no se domina se teme, y lo que se teme se evita. El círculo es perfecto y perverso.
Aprender a organizarse es aprender que el otro no es un obstáculo sino un recurso. Es descubrir que la suma de voluntades distintas puede producir algo que ninguna voluntad individual alcanzaría sola. Es, en el fondo, el descubrimiento de lo político en su sentido más noble: la construcción deliberada de lo común.
Ese aprendizaje no llegará por decreto ni por buena voluntad de quien tiene interés en que no llegue. Llegará cuando los propios ciudadanos lo reclamen como parte de la educación que merecen sus hijos.
Hasta entonces, seguiremos siendo ese país de prodigios solitarios que no saben —porque nadie les enseñó— que juntos serían invencibles.









