Se habla del futuro como si fuera una consecuencia automática, como si bastara con nombrarlo para que ocurra, no es así.
El futuro no aparece, se forma y se forma siempre en el mismo lugar, la infancia.
En México más de 38 millones de niñas, niños y adolescentes de acuerdo con el INEGI, no representan una cifra demográfica, representan la estructura completa de lo que vendrá y sin embargo, una proporción importante crece en condiciones que no deberían ser normales. Según el CONEVAL, seis de cada diez viven en condiciones de pobreza, con carencias educativas, acceso desigual a la salud y entornos fragmentados.
No es un problema invisible, es un problema normalizado.
Mientras tanto, el discurso público insiste en mirar hacia adelante, se habla de desarrollo de crecimiento de oportunidades, pero pocas veces se conecta esa narrativa con su origen.
Porque no hay desarrollo posible sin formación temprana, no hay crecimiento real si la base es débil.
En otras partes del mundo, la infancia dejó de ser un tema accesorio hace tiempo, se convirtió en política de Estado, hay seguimiento, estructura y continuidad, no porque sea rentable en el corto plazo, sino porque es indispensable en el largo.
No es casualidad, las sociedades que han logrado mejores niveles de desarrollo entendieron algo básico, la infancia no es un tema social, es un tema estructural. Ahí se define la capacidad futura de una economía, la estabilidad de una comunidad y en muchos casos, el nivel de cohesión de un país. No se trata de asistencialismo, se trata de formación.
Aquí en cambio, seguimos operando en sentido inverso, atendemos lo urgente, postergamos lo importante y luego nos sorprendemos por los resultados.
Aristóteles lo entendía desde hace siglos. “Dadme un niño hasta los siete años y os mostraré el hombre”. La idea es simple y contundente, lo que se forma en la infancia no se corrige después con facilidad, se arrastra, se repite y en muchos casos, define.
Esa es la parte incómoda, porque formar implica tiempo, disciplina y decisiones que no siempre generan aplauso, implica invertir donde no hay retorno inmediato y entender que el futuro no es un anuncio, sino una construcción lenta.
Y en esa construcción no basta con hablar, hay que sostener.
Hoy tenemos una infancia que, en muchos casos recibe atención fragmentada y soluciones parciales, y un entorno que le exige resultados completos, esa contradicción no se resuelve con programas aislados ni con discursos bien intencionados.
Se resuelve con prioridad real.
Tal vez la pregunta no sea qué futuro queremos, sino si estamos haciendo lo necesario para que exista.
El futuro no llega por decreto, se forma o se pierde en la infancia.
Y cuando eso falla, la duda es inevitable.
¿Quién responde?
Porque hoy en lo esencial, nadie contesta.
#QuéCosa!














