"La tiranía prospera sobre el silencio del pueblo." — Simón Bolívar
A Don Cuco lo conoce todo el barrio. Setenta años bien cargados, silla de madera en la banqueta, café en la mano y una serenidad que desconcierta a sus vecinos. Porque el barrio, hay que decirlo, no es precisamente tranquilo. Y sin embargo, Don Cuco sale, camina, opina y duerme sin sobresaltos. Alguien, un día, se armó de curiosidad y le preguntó sin rodeos: —¿Usted por qué no tiene miedo, Don Cuco?
El viejo acomodó la taza, miró la calle un momento y respondió con la calma de quien ha pensado mucho una cosa antes de decirla.
—Tuve miedo muchos años. Y en esos años, los que hacían el mal camparon a sus anchas. Entonces entendí: mi miedo no me protegía. Los protegía a ellos.
Hizo una pausa y continuó.
—El miedo es cómodo para el malo. Mientras yo me encerraba, él se adueñaba de la calle. Mientras yo callaba, él ponía las reglas. El miedo no es una defensa: es una concesión. Le concedes al que te aterra exactamente lo que quiere, que es el espacio, el silencio y la impunidad.
Su interlocutor lo escuchaba sin interrumpir. Don Cuco siguió:
—Una colonia con miedo no es una colonia en paz. Es una colonia vencida. Y las colonias vencidas no están tranquilas: están quietas. Que no es lo mismo. La quietud del miedo es la quietud del que ya se rindió.
Alguien podría pensar que Don Cuco es temerario, de esos que se creen invencibles por necedad. Pero no. Él mismo lo aclara:
—Yo no soy valiente porque no le tenga miedo a las balas. Soy valiente porque me senté a pensar. Pensé en qué pasa si todos hacemos lo mismo que yo hacía: callarnos. Y vi adónde íbamos. El valor no viene de ser bruto. Viene de entender las consecuencias de la cobardía.
Esa es la distinción que importa. El valor irreflexivo es imprudencia. El valor que nace del pensamiento es otra cosa: es responsabilidad. Es entender que una sociedad que no enfrenta sus males no los tolera pasivamente —los alimenta, los financia con su silencio, los legitima con su ausencia.
Don Cuco termina el café, mira la calle otra vez y dice lo último en voz baja, casi para sí:
El día que el miedo cambie de bando, ese día el gobierno deja de ser negligente. Y los criminales dejan de ser valientes.














