En algún capítulo de alguna serie, un enfermero le preguntó a un médico, famoso por ser grosero con los pacientes, por qué tenía esa actitud. Él respondió con seguridad: “yo curó enfermedades, no enfermos”.
En mi mente, siempre pensando en política, esta frase me lleva a una pregunta inevitable: ¿es posible resolver problemas sin observar a la gente que los padece? Permítanme explicarlo. En los tiempos de Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray aconsejó al presidente invitar al entonces candidato Donald Trump a México, con la intención de establecer una relación en el caso —muy probable— de que llegara a la presidencia.
No conozco personalmente a Videgaray. Sin embargo, todas las personas que me han compartido anécdotas sobre él coinciden en describirlo como un hombre sumamente inteligente, pero también sumamente arrogante. La invitación de Trump a México generó un enorme coraje en la población, del cual, admito, fui parte. Pero también es cierto que esa línea de comunicación permitió que, una vez en el poder, se mantuvieran acuerdos importantes, como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá.
Cuando llegó el presidente Andrés Manuel López Obrador a Palacio Nacional, lo hizo acompañado de un amplio descontento hacia la arrogancia y la soberbia que muchos colaboradores del gobierno anterior había mostrado. Frases como “políticos de territorio, y no de escritorio” han trascendido hasta el día de hoy.
Admito que yo compartía esa lógica cuando era adolescente. Sin embargo, estudiar gobierno como carrera y adentrarme en las entrañas del Estado me ha llevado a reconocer que un gobernante de alto nivel enfrenta diariamente cientos de problemas que debe resolver junto a otros altos funcionarios. Son decisiones de gran importancia, ejecutadas a través de una compleja escalera administrativa. Por ello, he llegado a pensar que un alto funcionario no puede tener la misma cercanía que un presidente municipal si realmente quiere hacer bien su trabajo.
Reconocer esto me resulta complicado, pero también me parece un acto de madurez. Hoy podemos observar faltas de responsabilidad, de atención y de capacidad dentro del gobierno cuando se privilegia la cercanía por encima de la eficacia.
Entonces me pregunto: sabiendo que existen grandes problemáticas en este país, que requieren de personas sumamente preparadas en economía, derecho, ciencias políticas, administración pública y muchas otras disciplinas, ¿debe la política mexicana consentir a aquellos perfiles que buscan resolver los grandes problemas de la nación sin prestar tanto oído a cada demanda particular?
Pienso, por ejemplo, en un senador que haya llegado por la vía plurinominal, con una preparación sólida en las materias ya mencionadas, un hábil operador político, un legislador disciplinado, de escritorio, dedicado al trabajo técnico. Bajo la lógica actual, parecería un perfil cuestionable por su lejanía con el electorado. Pero, ¿acaso debemos descartarlo o limitarlo en esta nueva política de cercanía y emociones?
Yo creo que no.
Creo que los mexicanos debemos tener la madurez política para aceptar a gobernantes y dirigentes que sepan resolver las grandes encrucijadas de la administración pública nacional, aun cuando estos no sean los más carismáticos ni los más eficaces en el terreno electoral.
Debemos ser cuidadosos, sin duda, de que estos perfiles no se conviertan en caciques, empotrados en un curul; que no sean ni cercanos ni útiles. Pero también creo que, así como debemos permitir políticos carismáticos, hábiles en lo electoral y representantes de sectores sociales, debemos reconocer a aquellos que, por su preparación y capacidad, enfrentan la complejidad de los problemas públicos.
Pues al final, de nada sirve un candidato cercano, carismático y magnético, si cuando los camarógrafos se van, sigue habiendo hambre, inseguridad y pocas oportunidades.









