Corría el año de la Rapsodia Bohemia cuando escuché por primera vez la historia de “El patito feo” (Andersen, 1843). Yo pensaba en un mundo cruel que lo segregaba por ser feíto (así presentaban el texto) y que al final cuando su figura de cisne se revela, entonces él podía ver a los demás por encima del ala (si es que se me acepta la expresión) porque ahora los demás parecían menos atractivos que él. Asumí que era un tema de belleza. Alguna maestra o familiar me explicó que era un tema de inclusión. De tratar a las personas con amabilidad sin importar su apariencia. En otras voces se escuchaban versiones como: que se trataba de encontrar tu tribu; de aceptar tu personalidad; de llegar a ser lo que tú eres; de que el tiempo tiene todas las respuestas. Lo cuál me llevaba a más preguntas como ¿Si no es de mi tribu puedo tratarlo mal? Si es de mi tribu, pero es feo ¿Puedo burlarme de él? Debo entender quién soy para aceptar mi personalidad, pero ¿De dónde sabré quién soy? Igual que el cisne, ¿Sólo debo esperar a que el tiempo revele quién soy en realidad? ¿Es la belleza tan importante que los feítos no tenemos cabida? ¿Cómo fue exactamente que los papás del cisne lo perdieron y por qué no lo buscaron?
Como podrán observar mi media docena de lectores, la confusión era mayor con cada interpretación de la lectura. Honestamente no recuerdo si alguna vez lo resolvimos de manera apropiada, pero quedaban en el aire algunas variables para la reflexión.
Poco a poco nos damos cuenta de que, aunque vivamos circunstancias similares, nuestras preferencias, habilidades y deseos serán siempre distintos. Entonces lo que soy el día de hoy, puede que comparta ciertos rasgos con mis compañeros (mi tribu en ese determinado momento), pero seguramente ese “yo” irá mutando en otros “yoes”. Entonces ¿Cómo saber cual “yo” es el apropiado?
El Dr. E. Tory Higgins postuló su teoría de la autodiscrepancia (Higgins, 1987) donde se indica que el “yo real” (el actual) se compara con el “yo ideal” (el que quiero llegar a ser) y también con el “yo responsable“ (el que debo llegara a ser). En esta comparativa podemos llegara a tener frustraciones por ser muy grande la brecha hacia mis ideales o sentir la presión por cumplir nuestra responsabilidad. ¿Cómo encontrar el punto medio para no colapsar en ese tren de pensamiento? Un buen principio es entender que no siempre tenemos la certeza de saber quienes somos, pero siempre sabemos lo que sentimos respecto a nuestra evaluación de quienes somos. Y ese sentir tiene todo que ver con la interpretación que le damos a los estímulos y respuestas que nuestro entorno nos ofrece. Debemos hacer conciencia de que no todo lo que nos dicen lo debemos asumir como verdad absoluta y que nuestras habilidades, en un momento particular de nuestra vida, no determinan quienes seremos en un futuro.
Lo que nos mueve para alcanzar nuestros objetivos, tiene que ver con dos modelos de motivación. La de promoción y la de prevención (Higgins, 1997). En la primera estamos buscando obtener más de lo que poseemos, es un tema aspiracional, tiene que ver con el anhelo. En la segunda buscamos no perder lo que ya tenemos. Buscamos seguridad, cumplir con el deber. Y en estos dos esquemas es donde el yo actual se compara con el yo ideal (promoción) y el yo responsable (prevención). Ambas motivaciones están presentes en todos los días. Pareciera una buena idea combinar las motivaciones en una medida que denote crecimiento sostenido. Es decir, obtener más de lo que hoy tengo sin perder de vista como lo conservaré y por cuanto tiempo será prudente conservarlo ya que para llegar más adelante siempre será necesario dejar algo atrás.
La autodiscrepancia no puede presentarse sin una autoevaluación. Así que seamos cuidadosos con en nuestra autodescripción. Es probable que estemos en una dinámica de querer ser aceptados e incurrir en conductas poco sanas con tal de seguir avanzando en ideales (promoción) que poco tiene que ver con la decencia. Por otro lado, mantener un estado pasivo o hasta de indiferencia con tal de no perder el estatus (prevención) que hasta ese momento consideramos que hemos ganado.
Ser el patito feo no puede ser tan malo. Pretender seguir siendo pato cuando sabes que puedes llegar a ser cisne, pudiera tener consecuencias a futuro cuando tus capacidades se desarrollen de manera subestándar sólo por la indiferencia en el crecimiento de tu potencial. Todos los días tenemos la oportunidad de explorar nuestras capacidades, de redefinir el rumbo de nuestros días, de integrarnos en nuevas tribus que nos ofrezcan un ejemplo digno para seguir, de aspirar a nuevos horizontes, de convertirnos en seres dignos de confianza, de rendir cuentas respecto a lo que está en nuestras responsabilidades.
Al final, quizá todos terminamos eligiendo entre dos frases: soy lo que siempre busqué… o soy lo que siempre encontré.














