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El problema que no se ve, pero sí se escucha


Pensemos juntos
Por Manuel Smith Vázquez | 21 Abril, 2026 | 07:45 h
Opinión
El problema que no se ve, pero sí se escucha

"El verdadero pensamiento solo es posible en el silencio." — Blaise Pascal

 

Hay un ladrón que opera a plena luz del día, entra por los oídos y hace su trabajo mientras la vida transcurre. Se llama ruido, y lo hemos normalizado tanto que casi parece grosería quejarse de él. Pero quejarse, resulta, es exactamente lo que habría que hacer.

La Organización Mundial de la Salud advierte desde hace décadas que la contaminación acústica no es un mero inconveniente: eleva la presión arterial, fragmenta el sueño, deteriora la audición y dispara el estrés de manera crónica. Las ciudades latinoamericanas figuran entre las más ruidosas del planeta, y México no es excepción.

Lo curioso es que existe legislación. La NOM-081-SEMARNAT fija límites de emisión de ruido; los reglamentos municipales prohíben el escándalo. El marco jurídico está ahí. Lo que falta no es la ley: es el reclamo.

La autoridad rara vez actúa por vocación. Actúa cuando la presión social la obliga. Y mientras la ciudadanía soporte, se tape los oídos y siga adelante sin quejarse formalmente, la norma permanecerá como letra muerta.

Las sociedades que más han avanzado en esta materia lo han hecho porque sus ciudadanos entendieron algo esencial: el silencio no es ausencia de sonido. Es la condición básica del pensamiento. En el ruido, la mente se dispersa; los estímulos compiten con los procesos cognitivos y fragmentan la atención. En el silencio, las ideas encuentran tierra fértil. Por eso quienes reclaman el derecho a pensar reclaman también el derecho al silencio: rechazan el ruidajo callejero, las bocinas arbitrarias, los eventos amplificados que colonizan el espacio público como si fuera de nadie, y le exigen a la autoridad que ponga orden.

La clave es esta: la sociedad exige al gobierno cuando toma conciencia de sus derechos. No antes. Ese principio vale para el ruido, para la calidad del aire, para la seguridad pública, para la transparencia del gasto. Los gobiernos no mejoran por iluminación espontánea; mejoran cuando los ciudadanos se cansan de aguantar y usan las herramientas legales que ya tienen.

El silencio no es un lujo ni una sensibilidad excesiva. Es un derecho. Y como todo derecho, solo se ejerce cuando se reclama.

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