Al paso que va, la resistencia estudiantil se va a quedar sola en su intento por hacer que, del movimiento surgido por una legítima demanda ante la negligente administración de la rectoría de la UAEM, surja algo bueno para enderezar una institución torcida por la corrupción y la indolencia de sus autoridades, y de un grupo de poder mezquino que hace tiempo se apoderó y ejerce control sin escrúpulos.
La situación actual bajo el mando de Viridiana León, pero detrás ese grupo de personeros, no hace más que profundizar la crisis institucional. Los estudiantes, quienes deberían ser el motor de cambio y esperanza, están siendo gradualmente aislados por una rectoría que evade su responsabilidad y se muestra incapaz de escuchar las voces de quienes exigen transparencia y justicia. El abandono de la administración, lejos de ser accidental, parece un acto deliberado que favorece los intereses de unos cuantos, perpetuando la cultura de la opacidad y el abuso de poder.
La rectora, lejos de asumir un papel a la altura de las circunstancias o de liderazgo genuino, ha optado por una retórica complaciente, pero en el fondo indiferente ante los reclamos de la comunidad universitaria. Su gestión, marcada inicialmente en el conflicto por la falta de diálogo y la ausencia de soluciones concretas para los problemas que aquejan a la UAEM, en realidad acusa presupuestos desviados, decisiones arbitrarias y un ambiente de intimidación para quienes se atreven a cuestionar el status quo. Es evidente que la rectora prefiere proteger a su círculo cercano antes que velar por el bienestar colectivo.
Y es que en medio del mediatismo circense que envuelve hoy el presunto diálogo con los estudiantes, el grupo de poder que rodea a la rectora opera con total impunidad, consolidando su influencia a través de favores políticos y alianzas oscuras. Lejos de fomentar un ambiente académico sano y plural, han convertido la universidad en un feudo donde la meritocracia ha sido desplazada por el compadrazgo y el amiguísimo. En este contexto, los intentos de modificar, si es que existen, son superficiales y cosméticos, buscando aparentar cambios sin alterar las estructuras que sostienen la corrupción.
La resistencia estudiantil, aunque valiente, enfrenta un panorama desolador. Cada vez son menos las voces que se atreven a desafiar el régimen impuesto por la rectoría y sus aliados. La apatía crece, alimentada por el temor a represalias y por la decepción ante la falta de resultados tangibles. Sin embargo, es crucial que la comunidad universitaria no renuncie a la lucha, pues sólo a través de la presión constante y la denuncia pública se podrá revertir la decadencia y recuperar el espíritu democrático y participativo que alguna vez caracterizó a la UAEM.
La historia nos recuerda que las instituciones no se transforman por sí solas; requieren del compromiso y la valentía de quienes se niegan a aceptar la injusticia como destino. Ahora más que nunca, la UAEM necesita de una resistencia firme y organizada, capaz de enfrentar la negligencia y la corrupción de Navarra, y de exigir una rectoría digna, transparente y al servicio de todos.
En este punto crítico, la falta de liderazgo efectivo se convierte en un obstáculo casi insalvable para la resistencia estudiantil. Los llamados “asesores”, quienes deberían orientar y fortalecer el movimiento, parecen más bien figuras decorativas, incapaces de aportar estrategias o soluciones que impulsen una verdadera transformación. Es válido preguntarse si su presencia aporta algo significativo o si, por el contrario, su desempeño es tan irrelevante que el movimiento podría seguir igual —o incluso mejor— sin ellos.
La situación exige más que consejos vacíos o discursos motivacionales; requiere de personas comprometidas, con experiencia y visión, dispuestas a involucrarse y a asumir riesgos en favor de la causa estudiantil. Si los asesores sólo buscan figurar o mantener privilegios, su papel resulta contraproducente y termina por desmotivar a quienes aún mantienen la esperanza de cambiar la universidad. La resistencia necesita conducción, claridad y un rumbo definido, no simples espectadores o cómplices del estancamiento. Es momento de que la comunidad universitaria evalúe con rigor la utilidad real de estos asesores y decida si vale la pena seguir depositando confianza en quienes no han demostrado estar a la altura de las circunstancias, veremos…














