Un calor abrasador, un estadio que brama, un rival incómodo y una raqueta cargada con el peso de un país. Alrededor de la mitad del partido, el jugador con apariencia muscular de privilegio se acerca a su coach y le deja caer con una voz de genuino hastío una frase que nos conmueve a todos “!No puedo más! Quiero irme a casa” El español Carlos Alcaraz de 22 años, es derrotado en el torneo de Miami 2026.
¿Es esto una prueba irrefutable de que le quedó grande la posición número uno del tenis mundial? ¿Es acaso una estrategia comercial para polemizar a los espectadores? Y dejando de lado las formas ¿Será simplemente una expresión brutalmente honesta para advertir que sus límites se están tocando? Una alerta de burnout no siempre viene empaquetada de forma elegante.
Los deportes de alto rendimiento se han convertido en una especie de vitrina de cristal, donde todo es visible y criticable; donde la perfección es lo único que parece aceptable; donde la dureza del material con que se emiten juicios de valor representa al mismo tiempo la fragilidad de su análisis.
Simone Biles nos dejó una de las imágenes más potentes de los últimos años. En Tokio 2021, decidió retirarse en plena competencia. No fue debilidad: fue gestión emocional. Reconoció que, si su mente fallaba, su cuerpo podía pagar el precio ¿Cuántas veces nosotros seguimos, aun sabiendo que estamos al límite?
La regulación emocional no ha estado en el foco de la agenda juvenil de los últimos años. Algunos otros atletas contrastan con estas conductas sin que por ello sean mejores, simplemente lo resuelven diferente. LeBron James ha sabido delegar sus presiones invirtiendo en un complejo cuerpo técnico y administrativo en sus 21 temporadas en la NBA; Tadej Pogačar el esloveno quien ha participado seis veces en el tour de Francia ganando en cuatro ocasiones con tan sólo 26 años de edad y mostrando una amplia sonrisa cuando ha perdido en la justa ciclista.
Siempre habrá excepciones que nos revelan habilidades de gestión emocional, que parecieran colocar la vara muy arriba para cualquier generación. El “caballo de hierro” del beisbol Lou Gehrig se vio en la necesidad de retirarse después de haber completado 2,130 juegos, debido a la enfermedad que hoy lleva su nombre (ELA). Mientras que Alcaraz grita “Quiero irme a casa”, Gehrig se paró frente a un estadio lleno y con voz firme exclamó “Hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra”. Y en ambos casos se desvela su valentía, su integridad. El silencio estoico de Gehrig no está separado de la vulnerabilidad de Alcaraz. Dos formas distintas de valentía, igualmente legítimas.
Nos gustaría ver una generación que maneje mejor la frustración; que domine el fondo y privilegia la forma; que evite la burla cuando vence y demuestra profesionalismo cuando es vencido. Sin embargo, las muestras de frustración pueden representar que realmente les importa lo que están haciendo, de tal suerte que un desplante no los define.
Carlos Alcaraz volverá a la cancha y volverá a ganar porque es un atleta muy completo y no está en duda su capacidad. Los triunfos regresarán a su escena deportiva y el aprendizaje se hará patente a través de su concentración y su compromiso con su profesión.
¿Cuántos de nosotros no quisiéramos tirar la raqueta (tu obligación diaria) y salir corriendo de esa cancha (tu entorno laboral) a casa (hogar, dulce hogar) para sanar un tema que venimos arrastrando hace tanto tiempo?
El joven tenista supo declararse perdido y anticipó un colapso con consecuencias más complejas de lo que hoy son sólo unos puntos no ganados. Regresará en breve para enfrentar sus demonios, pero con un conocimiento superior al de la contienda pasada.
Necesitamos ser empáticos y pacientes con las formas de expresión de una juventud hiperestimulada sin dejar de lado el principio de proporcionalidad. No se trata de que les toleremos todo, pero tampoco se trata de exigirles resultados a riesgo de un colapso. Nuestra labor de guías y acompañantes deberá adquirir habilidades de observación objetiva, creatividad estratégica e incluso la adaptación del lenguaje en el cual se expresen nuestros jóvenes.
Seamos partícipes en la construcción de un entorno de confianza donde a ellos les dé gusto desenvolverse para sentirse seguros y capaces en lugar de sentirse bonitos y gorditos.









