Recuerdo haber participado, hace algunos años, en una discusión que parecía inofensiva, pero se calentaba como si fuera radioactiva. Algunos músicos recalcitrantes decían que sólo quien conoce tanto la escritura (para la creación) como la lectura (para la interpretación) de la notación musical podía ser llamado músico. En el otro extremo se construían argumentos respecto a la economía del diafragma y la evocación emocional para generar alegría, llanto o efervescencia en las personas que disfrutan de una voz que realmente transmite. Quienes dominan el ritmo, la selección musical y la energía en la pista, ofrecían como prueba estas habilidades para demostrar que el conocimiento de la música y el apropiado manejo de ella, generaba satisfacción en la audiencia a un grado similar que la música en vivo. Nunca llegamos a un acuerdo más profundo, siempre aceptamos en la superficie la pertenencia y la convivencia entre “músicos”. En ese orden de ideas controvertidas y posturas poco flexibles ¿se incluirán quienes han fallecido y son traídos a escena mediante tecnología? ¿Qué tan válido es el ejercicio y que tan éticamente aceptable será?
En artículos anteriores hemos abordado el tema de la apreciación estética y su tendencia Lo-Fi (Low Fidelity) cada vez más presente en las nuevas producciones. No es un tema sencillo. Tiene que ver con la aceptación e inclusive la expectativa de imperfección en los sonidos, voces, arreglos e instrumentos. Los subgéneros o formatos comerciales como el EDM (Electronic Dance Music) privilegian la producción y puesta en escena con bailarines, pirotecnia, realidad aumentada y otros elementos tecnológicos que ocupan la atención del espectador dejando de lado (hasta cierto punto) la calidad vocal, interpretativa o de improvisación.
Hoy estamos viendo como elementos tecnológicos nos permiten replicar imágenes difíciles de diferenciar de entre las reales. Y aquí viene la parte compleja. La recreación de Gustavo Cerati en una suerte de holograma, replicación vocal asistida y generación de video por IA generativa alimentada con innumerables materiales visuales del artista en presentaciones en vivo por todo el mundo. Sí, leyó usted bien. El sábado 21 de marzo arrancó el Ecos Tour de la banda Soda Stereo con un playlist por demás validado por la audiencia (a través de información de sus ventas de discos y reproducciones en plataformas de streaming) y la imagen de Cerati sobre una plataforma de proyección exclusiva al lado de sus compañeros originales Zeta Bosio y Charly Alberti.
Y me encanta que le ponen nombres muy sofisticados. No le llaman tributo, no le llaman película, le llaman “concierto en vivo”. La ironía se explica sola.
Damas y caballeros, estamos ante uno de los más grandes hitos de la industria del entretenimiento para eternizar artistas y perpetuar ganancias. El artista fallecido reencarna en un avatar digital que cobra entradas como si hubiera resucitado. La gente paga por la ilusión de su presencia y lo vive en carne propia. El cerebro no distingue lo que es real de lo que es un recuerdo o algo imaginario, y se adapta a la sensación de escuchar, ver, oler y sentir la presencia de su ídolo.
Este fenómeno impulsado por el mercado tecnológico, emula el secuestro de una nostalgia, la cual paga rescate con cada boleto vendido, sacrificando la ética en el manejo del legado musical.
Ya hemos tenido presentaciones en salas de cine de los conciertos de Juan Gabriel y los disfrutamos como si él estuviera presente. Algunos de nosotros ya sabíamos qué seguía en la consecución de escenas y aun así nos emocionábamos. Pero todos sabíamos que el precio pagado, correspondía al uso de la fila 23 asiento 15 de la sala A en la cadena de su preferencia. Lo que hoy tenemos es el costo de un boleto que no sólo pareciera que está vivo, sino que me cobran como si fuera a ensayar yo también.
El argumento es que es la banda original, sin artistas invitados o reemplazos, sin embargo, es importante señalar la evidente superación en el valor comercial de la marca Soda Stereo por encima del cantante en sí mismo. Este ejercicio se podrá repetir cuantas veces sea necesario. Hoy ya se tienen 26 fechas en 8 países y en 2 continentes. Y es sólo el inicio.
Estimados lectores, se acordarán de este humilde servidor cuando en un futuro no muy distante tengamos a un Joan Sebastian o un José José que no sólo cantará, sino que enviará saludos a su ciudad de origen, lo señalará festivamente y le sonreirá como si hubieran desayunado juntos. De mí se acordará cuando escuche otros ecos de temblores y furia.









