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Una pelota bien colocada


EMOC10NES
Por Eric García | 19 Marzo, 2026
Opinión
Una pelota bien colocada

Hay algo profundamente humano (y ligeramente absurdo) en ver a once personas persiguiendo una pelota como si el destino del mundo dependiera de ello. Y, sin embargo, cada cierto tiempo, lo parece. Las justas deportivas, esas que nacen con la promesa ingenua de la competencia sana, terminan pareciéndose sospechosamente a pequeños conflictos bélicos: banderas, himnos, estrategia, orgullo… y una necesidad casi visceral de vencer al otro.

No es casualidad. Desde los antiguos Juegos Olímpicos hasta el moderno Clásico Mundial de Béisbol 2026, el deporte ha funcionado como una especie de campo de batalla simbólico donde las naciones compiten sin disparar (aunque a veces con narrativas igual de incendiarias). El uniforme sustituye al uniforme militar, el estadio al campo de guerra, y el marcador final se convierte en una versión más amable (o al menos televisable) de la victoria.

Uno de los ejemplos más fascinantes de esta dinámica ocurrió en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, cuando un joven atleta afroamericano, Jesse Owens, decidió arruinarle la fiesta ideológica a todo un régimen. Alemania había organizado aquellos juegos como una vitrina para presumir la supuesta superioridad aria. Todo estaba listo: escenografía, propaganda, narrativa. Lo que no estaba en el guion era que Owens ganara cuatro medallas de oro y, de paso, desmantelara ese relato con la elegancia de quien corre más rápido que la mentira. 

Lo interesante no es solo la hazaña deportiva, sino el simbolismo: sin discursos políticos ni pancartas, un atleta convirtió la pista en un argumento. Owens no disparó una bala, pero su victoria tuvo el eco de una derrota ideológica. Ese día, el cronómetro fue más contundente que cualquier manifiesto.

Y es que el deporte tiene esa capacidad: convertir lo abstracto en concreto. En lugar de discutir quién es mejor, se demuestra quien es veloz; en lugar de teorizar, se compite; en lugar de invadir, se supera; en lugar de rendirse se agota el recurso. Es, en cierto sentido, una guerra civilizada… aunque a veces lo de “civilizada” quede en entredicho cuando ves a alguien romper una pantalla por un penal mal cobrado.

Décadas después, esa lógica sigue intacta, solo que con mejor transmisión en HD. La reciente victoria de Selección de béisbol de Venezuela sobre Estados Unidos en la final del Clásico Mundial de Béisbol 2026 es un ejemplo perfecto. Un juego cerrado, 3-2, decidido en la novena entrada, con tensión suficiente para masticar el aire. Y aderezado por la inconfundible voz del dominicano Ernesto Jeréz, simplemente no tiene desperdicio.

Pero más allá del marcador, lo que se jugaba ahí era otra cosa: narrativa, identidad, orgullo. Venezuela no solo ganó un partido; ganó un momento. Enfrentó a una potencia histórica del béisbol (y algo más que eso) y salió victoriosa en su propio terreno simbólico.

Aquí es donde la analogía bélica se vuelve incómodamente clara. No porque haya violencia real, sino porque el lenguaje y las emociones son los mismos: “batalla”, “conquista”, “derrota”, “héroes”. Cambia el contexto, pero no la intensidad. Los aficionados celebran como si hubieran participado en la hazaña, y en cierto modo lo hacen: proyectan en el equipo sus propias historias, frustraciones y aspiraciones.

Sin embargo, hay una diferencia crucial (y afortunada): en el deporte, la revancha siempre está programada. No hay tratados de paz ni reconstrucciones posbélicas, solo calendarios y próximas temporadas. El enemigo de hoy puede ser el rival respetado de mañana. Y el drama, aunque intenso, tiene fecha de caducidad.

Eso no significa que debamos romantizarlo demasiado. A veces, esta “guerra simbólica” se contamina de más: nacionalismos exagerados, rivalidades que se vuelven personales, discursos que olvidan que, al final, es sólo un deporte, el rey de los deportes, pero sólo eso al fin. Aunque también ofrece algo que los conflictos reales rara vez logran: catarsis sin destrucción.

Tal vez por eso seguimos viendo deportes con la misma pasión con la que otros leen historia militar. Porque, en el fondo, cada partido es una pequeña narrativa épica donde alguien resiste, alguien cae y alguien gana. Y todo, idealmente, sin que nadie tenga que reconstruir su ciudad al día siguiente.

Así que sí, las justas deportivas se parecen a los conflictos bélicos, pero en su versión más humana, más contenida y, sobre todo, más reversible. Una guerra donde el arma más poderosa sigue siendo (afortunadamente) una pelota bien colocada.

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