Hay días en los que las ciudades cambian de ritmo.
Las avenidas se llenan de gente, aparecen consignas, pancartas, voces distintas que caminan en una misma dirección. Es la expresión más visible de algo que forma parte de la vida democrática desde hace mucho tiempo, el derecho de manifestarse.
Las marchas no son nuevas, a lo largo de la historia han sido una manera de hacer visible lo que muchas veces permanece en silencio. Son el momento en que los ciudadanos deciden salir del espacio privado y ocupar el espacio público para decir que algo importa.
Marchar no significa que todos piensen igual. Tampoco implica que todos compartan las mismas formas o las mismas ideas, pero sí revela algo fundamental de cualquier sociedad abierta, la posibilidad de expresar inconformidades, preocupaciones o aspiraciones.
En ocasiones las marchas incomodan. Alteran el tránsito, cambian la rutina de las ciudades y obligan a mirar temas que algunos preferirían evitar. Sin embargo, esa incomodidad también forma parte de la vida pública. Las sociedades vivas discuten, cuestionan y a veces, se confrontan.
Al final, más allá de las posturas de cada quien, hay algo que conviene recordar. La calle también es un espacio de conversación colectiva ahí se mezclan causas, emociones, historias personales y visiones distintas de lo que una sociedad quiere ser.
Y escuchar esa conversación incluso cuando no pensamos igual, también es parte de convivir en comunidad.
#QuéCosa!














