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Cuando llegue el silencio


Política para mortales
Por Hertino Avilés Soto | 10 Marzo, 2026
Opinión
Cuando llegue el silencio

Quizá no es nuestro tema, pero debe ser nuestra causa.

Cuando cursaba la preparatoria, una intensa experiencia me hizo entender que mi participación como hombre en el movimiento feminista no era bienvenida. Admito que, inconscientemente, cuando veo los colores morados y siento cerca el 8 de marzo, mi mente se bloquea, mis ojos no ven lo que está frente a mí y me excuso pensando: “no es mi tema”.

Esta barrera personal fue cuestionada por mí mismo hace unos días en terapia, cuando, después de hablar sobre cómo he seguido las marchas por la desaparición de Kimberli y Karla con cierto resquemor —por ser un tema vinculado con el feminismo y con una universidad de la cual no soy estudiante—, hablé sobre mi propia experiencia universitaria.

El pasado viernes participé en la ceremonia llamada “El Paso del Ecuador”. Es un festejo que hace mi universidad para los alumnos que completan la mitad de su carrera. Durante ese evento escuché a mis compañeros hablar sobre cómo algunos de sus padres no vendrían, porque no lo consideraban importante, ya que no se trataba de una graduación formal.

A mí me parecía extraordinario, porque mis papás, quizá provincianos o simplemente orgullosos de que soy el primero de la familia nuclear que va a estudiar a la Ciudad de México, no se lo perderían. A mí me dio mucho gusto recibirlos en mi universidad y enseñarles dónde es que paso la mayor parte de mi tiempo.

Al pasar la ceremonia, mis compañeros fueron nombrados y se agregaba un reconocimiento para quienes tenían alguna actividad extraescolar, como pertenecer a un grupo representativo de fútbol o ser parte de algún grupo de estudiantes.

Yo, desde el primer semestre, fui vicepresidente de mi carrera. He creado y participado en diversos proyectos para mi universidad; sin embargo, cuando pasé, escuché mi nombre a secas. Es decir, mi universidad no reconoció lo que yo he hecho. Mi mente se llenó de coraje y mi ego me hizo sentir mal, pero sus reconocimientos no pudieron importarme menos cuando volteé y vi a mis papás tan unidos, casi al borde de las lágrimas y con una gran  sonrisa.

Ahí recordé que él porque salí  de mi casa, viajé 100 kilómetros, me enfrenté a la gran ciudad y me reté a mí mismo, no fue para impresionar a quienes hoy no me reconocen, sino por mis padres, por mí, por la tierra de la que vengo, que hoy tanto necesita ayuda. Me sentí vivo y acompañado cuando pude abrazarlos; en ese momento me sentí profundamente afortunado.

Yo también soy un estudiante que, con el corazón en la mano y la mayor fuerza que tuvo, salió de su casa para intentar encontrar en los libros y en la preparación una mejor vida; que hace lo que puede para que esta experiencia sea lo mejor posible y que espera regresar algún día al lugar de donde se fue con más conocimientos.

Me genera mucho pesar reflexionar que, así como yo, hay jóvenes que salen de sus casas, atraviesan municipios y llevan a sus hombros un sueño generacional, pero que, en lugar de ser abrazados por sus padres, no regresan a su casa. Quizá las marchas, las desapariciones y los feminicidios no son nuestro tema, pero que no sigan ocurriendo debe ser nuestra causa, porque todos nos encontramos en ellas.

Todos fuimos jóvenes, que se enfrentaron a un mundo enloquecido, algunos fuimos estudiantes que hacíamos de todo para cumplir con un sueño generacional de ser educado y lo que nos une al dolor, nos debe prohibir volvernos indiferentes ante el. 

Tristemente, mañana y paulatinamente las manifestaciones empezarán a bajar, las noticias dejarán de salir y quizá la tragedia se olvidará. Pero cuando llegue el silencio, será responsabilidad de todos —tanto ciudadanos como gobernantes— preguntarnos ¿qué es lo que estamos haciendo por la juventud?

A los jóvenes, se les trata como adultos de segunda, el gobierno, aunque se dice de izquierda se ha olvidado de la juventud, cerrándole espacios y cortando sus alas, los privados nos usan como carne de cañón para trabajos duros y mal pagados, jóvenes se matan entre sí para ser una cifra más y todo esto, parece normal, pero no lo es. Sin excusas, ni retrasos, nuestra causa debe ser atender con amor a una juventud abandonada.

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